|
|
De la
naturaleza del deseo y de la naturaleza de la alegría.
El deseo (la ansiedad), tiene entre otras propiedades la de no permitirnos
ser plenamente felices mientras lo experimentamos. Toda vez que estamos deseando
algo, nuestro ser se siente insatisfecho hasta alcanzar su objeto de deseo. Esto
ocurre en la mayor parte de los momentos del día.
Nuestra atención se dirige constantemente hacia pensamientos que denoten
cualquier tipo de deseo, desde desear un poco menos de frío, o de calor, hasta
querer ser un poco más delgados o gordos, ganar más dinero o tomar
desesperadamente una copa o un cigarrillo, ser correspondidos por alguien a
quien amamos o, sencillamente, llegar un poco antes al lugar al que nos
dirigimos. El ansia nos impedirá siempre gozar y disfrutar del momento, y sólo
nos mantendrá motivados con la posibilidad de que se cumpla lo que deseamos, en
cuyo caso disfrutaremos sólo el tiempo que transcurra hasta la aparición de
nuestro nuevo deseo, o ansia, que probablemente será inmediata.
Así, cualquiera habrá podido observar que, tras el aumento de sueldo
tan deseado, las ganancias de una determinada gestión, el consumo de un ansiado
cigarrillo, por no citar otras drogas, o la adquisición del vehículo
ilusionado, la felicidad no es la esperada, ya que poco después volvemos a
querer otro cigarrillo, un coche mejor, mayores beneficios, o cualquier otra
cosa que ansiemos, y volvemos a estar en la misma situación de ansiedad y
sufrimiento.
El deseo puede ser débil y sutil o experimentarse con ansia, con
ansiedad, ansiando entonces nuestros objetos de deseo y sintiéndonos
tremendamente angustiados a lo largo de todo el día, conduciendo este modo de
ser, en su extremo, al pánico y al resto de sus consecuencias, y encontrándonos
en ese y otros tramos del camino con depresiones, obsesiones, vicios, ira, etc.
Normalmente, entre deseo y deseo, encontramos algo de respiro, bien porque
nuestra mente se encuentre entretenida en algo que nos resulte banal o gracioso,
o porque alguno de nuestros innumerables deseos se haya hecho realidad. Tal vez
ese modo de disfrutar de la vida sería plenamente satisfactorio si así disfrutásemos
de forma regular y constante; sin embargo, cada vez que conseguimos uno de
nuestros ansiados deseos, si bien nos encontramos momentáneamente felices,
gozamos de una felicidad muy efímera, pues desaparece en el preciso momento en
que nuestra mente pone frente a nuestra atención otro objeto que desear, lo que
en ocasiones ocurre incluso antes de la plena consecución del objetivo
anterior. Por ese motivo nos resulta tan difícil ser felices.
Por el contrario, la felicidad se manifiesta toda vez que nuestra atención
se centra en la consecución (realizada) de alguno de nuestros deseos, da igual
si es aparentemente importante o no; y, sobre todo, se manifiesta cuando no
deseamos nada más, por poco que, aparentemente, tengamos. Por curioso que
resulte, la felicidad mana en nosotros como si de un manantial de la misma tuviésemos
cuando no deseamos nada más, cuando decidimos, conscientemente, que no
necesitamos más que lo que estamos viviendo en ese momento, sea lo que sea que
estemos viviendo. Experimentar la brisa al caminar, el movimiento, sentir el
aire al respirar, observar el azul del cielo, conversar, leer, tocar, oír...
Cualquier momento en el que, conscientemente, no deseemos más, en el que
nuestra mente no ponga frente a la atención un objeto que desear, o ansiar, será
un momento en el que la experiencia de la felicidad será la protagonista.
Al contrario que el ansia, que nos conducirá a la ira, la violencia y la
discordia, la felicidad siempre nos proporcionará concordia. Nuestro
sentimiento de estar amenazados constantemente disminuye con la felicidad, con
lo que desaparece nuestro odio, y nuestros posibles deseos de dañar a nada ni a
nadie por su causa, en presencia de la felicidad. El ansia nos prepara para huir o luchar, tal como está
programado genéticamente. La felicidad, que también forma parte de nuestra
composición, nos abre paso al regocijo y a la amabilidad.
Pero, sobre todo, el ansia nos hace sentir mal, y la felicidad nos hace sentir
bien. De la dificultad de cambiar la personalidad
No
obstante, y aun habida cuenta de la naturaleza del deseo y de la naturaleza de
la felicidad, nuestro modo de ser no resulta fácil de modificar, entre otras
razones porque entendemos que ese deseo o ansia con el que nos hemos dirigido
hacia cualquiera de nuestros fines, nos ha motivado suficientemente en numerosas
ocasiones para la consecución de los mismos, y, consecuentemente, hemos
aprendido que es una buena manera, si no la manera, de lograrlos. Pondré
un ejemplo: Imaginemos
a una joven que desea estar más delgada, bien porque tiene un problema serio de
obesidad, o porque, sencillamente, no alcanza a ver que está estupenda con su
aspecto, y envidia extremadamente estar más delgada, aunque su ansia por
conseguirlo le lleve más allá de la aparición con cierta frecuencia de
angustia y malestar en su persona, incluso a padecer un trastorno alimenticio
serio, como la anorexia o la bulimia. En ambos casos (sea por un problema de
obesidad o por un exagerado deseo de cambiar su aspecto) el deseo por
conseguirlo le motivará para alcanzar su objetivo, el cual será vencer otro
deseo o ansia, el de comer más, o menos, de lo que considera conveniente. En el caso de la joven que sufre un trastorno
alimenticio, en la medida en que lo vaya consiguiendo irá aprendiendo que
gracias a desear extremadamente alcanzar su objetivo, ha reunido la motivación
y la fuerza de voluntad necesarias para alcanzarlo, en cuyo caso, esto le
hará sentir bien en determinados momentos y creerá que eso es lo que debe
hacer, pues se siente premiada, aunque con su conducta no haya hecho más que
crearse un serio problema de salud psíquica y física.
En el otro supuesto en el que la joven desea perder peso porque tiene un
problema serio de obesidad y se sirve del deseo exagerado por conseguir la
delgadez ansiando ese objetivo y motivándose con ello para comer adecuadamente,
habrá aprendido, cuando lo logre, que ha sido gracias a ese ansia, ese deseo
exagerado por alcanzar su objetivo, por lo que lo ha conseguido, sin tener en
cuenta, por lo general, otros factores como las reflexiones que respecto
de la conveniencia de adelgazar haya hecho antes y durante la puesta en práctica
de su determinación; la atención ante la aparición del deseo de
comer más de lo que considere oportuno con el fin de estar alerta y poder
ejercer su voluntad, adecuadamente, en los precisos momentos en que
aparezca ese deseo; la elección de una determinada metodología práctica
respecto del régimen alimenticio; etc. En ambos supuestos la
joven ha aprendido a alcanzar sus objetivos deseándolo con fuerza, ansiándolo.
Pero con ello, aparte de ayudarse a conseguir sus objetivos, se ejercita,
intuitivamente, en el ansia como forma de vida. Mas el gozo por haber conseguido
su objeto de deseo es muy efímero, pues su mente, ejercitada en el deseo o
ansia, pondrá pronto otro deseo que ansiar frente a su atención; y mientras
esté ansiando estará sufriendo. Pero no sólo en algo
serio, como es el caso de la obesidad, las adicciones, etc. se encuentra
presente la ansiedad. Pondré otro ejemplo en el que la ansiedad, no por
innecesaria, impide que disfrutemos. Imaginemos que nos
dirigimos al trabajo, a la universidad o a una cita cualquiera en nuestro vehículo.
El tráfico, como de costumbre, es impredecible, y en esta ocasión nos hemos
topado ya con algún semáforo en rojo que habríamos deseado que se encontrara
en verde. Ya de momento no disfrutamos en absoluto del recorrido, pues la
ansiedad que experimentamos al encontramos en mitad de un atasco o cuando el tráfico
nos entorpece más de lo que nos gustaría, nos impide hacerlo. Es más, nos
hace sufrir innecesariamente, pues a buen seguro llegaremos a la misma hora que
si hubiésemos sido capaces de conducir sin ansiedades, disfrutando, si no hemos
tenido algún otro contratiempo debido a la torpeza que conlleva la ansiedad
excesiva; pues, como todos podremos observar, sólo porque ejerzamos la acción
de desearlo intensamente, difícilmente podremos conseguir
que el semáforo deje de estar en rojo el tiempo que le corresponda, o que los
coches que tenemos delante avancen más deprisa. Y así, como en tantas
otras ocasiones, habremos desaprovechado la oportunidad de disfrutar del
momento; y no sólo eso, además habremos sufrido absurdamente. Evidentemente, nuestra
ansiedad ha jugado un papel muy importante en nuestra evolución y aprendizaje;
pero un buen balance creo que nos indicaría usar más el sentido común, y
menos las vísceras, en el conjunto de nuestras actuaciones. ¿Por
qué la meditación nos ayuda a ser más felices?
Imaginemos a
un conductor novel. Al comienzo de su práctica como automovilista le cuesta un
enorme esfuerzo intelectual coordinar adecuadamente la actuación de sus pies,
manos y reflejos en general para conducir su coche. Pasado un tiempo no necesita
pensar, propiamente dicho, para realizar estas actividades que antes requerían
un esfuerzo intelectual para él; lo hace de un modo intuitivo. Igualmente, cuando observamos y meditamos sobre un
aspecto concreto de nuestro ser, y de su relación con nuestro desear,
necesitamos un esfuerzo intelectual hasta comprenderlo y poder manejarnos con
ese aspecto nuestro que nos hace sufrir y queremos modificar; sin embargo, con
la práctica podremos tratarlo de un modo intuitivo cuando este aspecto que
hemos experimentado y meditado con anterioridad vuelve a hacer su aparición en
nuestra mente. La diferencia sustancial entre el ejemplo del conductor y los
logros que se persiguen mediante la meditación, radican en que a diferencia del
conductor, que mientras conduce y maneja su automóvil de forma intuitiva tendrá
frente a su atención cualquier tipo de pensamientos, los cuales canalizará o
no adecuadamente, el meditador estará atento para manejar y canalizar de forma
intuitiva todos sus pensamientos, pues se estudió y sigue estudiando a sí
mismo en profundidad mediante la meditación, así como a su entorno. De ese
modo, canalizando de forma intuitiva sus pensamientos, éstos no se manifestarán
como tal y por ende no lo hará el deseo, y, en consecuencia, la felicidad
surgirá en él de forma regular. Pero, no vayan a creer que el meditador
experimentado no piensa, pues también canaliza todos aquellos pensamientos que
surjan en su mente siendo negativos e inadecuados para disfrutar de la alegría,
y genera pensamientos rectos y positivos, adecuados para dejar surgir la alegría
y la felicidad.
¿Por qué esto es así? En
mi opinión los objetos, materiales y accesibles a nuestras más notorias
percepciones, o subjetivos y perceptibles más complejamente, que nosotros somos
capaces de experimentar, toman existencia, tal y como nosotros la entendemos,
mediante nosotros. Posiblemente existan infinidad de objetos y universos que
para nosotros no existan, al igual que puede que nosotros no existamos como
tales para cualquier insecto que camine por nuestro brazo, y puede que para ese
ser, o cualquier otro, exista un universo que nosotros no podamos percibir.
Puede que hasta exista el no movimiento, pero no para nosotros, pues no lo
podemos percibir, aunque empieza a tomar vida en el momento en que comencemos a
imaginarlo.
Así las cosas, una sensación es agradable o desagradable en función de
cómo la percibamos. La sensación de estiramiento que experimenta un gimnasta
al llevar a cabo tal práctica, puede que le resulte muy agradable, y, sin
embargo, a otra persona cualquiera, una sensación similar puede parecerle muy
desagradable. Cuando aprendemos a observar nuestras sensaciones y pensamientos,
vemos cómo cada sensación la experimentamos en función de lo que nosotros
pensamos de ella o del acontecimiento que nos la ha causado, resultándonos
agradable si pensamos que la sensación o la situación que nos la ha provocado
es beneficiosa para nuestro bienestar, o desagradable si consideramos que dicha
sensación o situación es perjudicial para nosotros. En el caso del ejemplo
anterior, el gimnasta bien podría pensar que, esa sensación, le ayuda
beneficiosamente para mantener su musculatura e incluso su tensión (stress) en
buen estado; también, gracias a su práctica, habrá observado sus sensaciones
regularmente, lo que le habrá enseñado a no rechazarlas. Por el contrario,
alguien que no esté acostumbrado a esa sensación y se vea en la obligación, o
en cualquier otra circunstancia, de experimentarla, la percibirá como
desagradable; pensará, instintivamente, que no es buena para él, que corre
riesgo de lesión, aun si estuviera muy atento a no sufrir un estiramiento dañino,
y la valorará con discordia en lugar de concordia.
Ese modo de discriminar lo llevamos a cabo con todo cuanto percibimos, de
tal modo que todos los objetos, ideas, sensaciones y, en definitiva,
experiencias que percibimos pasan por ese orden, o filtro discriminatorio, creándonos
así nuestra relación emocional con el universo que percibimos.
Cuando meditamos, la comprensión que nos produce nos lleva a la
concordia con los objetos, ideas y experiencias objeto de nuestra meditación.
Comprendemos que hay cosas con las que no tiene sentido revelarnos, como el paso
del tiempo y sus consecuencias vitales y letales, el movimiento y los accidentes
que este nos provoca, o la naturaleza de las cosas. Al principio de ésta, la práctica nos parece una
inmensa tarea que no llegará a dar los frutos esperados. Con el tiempo, muchos
de los aspectos de nuestra personalidad que más nos hacían sufrir van siendo
pulidos y transformados. Prácticamente cualquiera de los avances que se
produzcan en este arte, nos dará notables resultados satisfactorios; mas, si
somos perseverantes y continuamos meditando, entendiendo por esto el sentido Zen
de la palabra, en el que la comprensión de la experiencia fruto de la correcta
observación atenta toma especial relevancia, tendremos la posibilidad de llegar
a un estado en que todos los aspectos que nos producen discordia y ansiedad
hayan sido pulidos en gran medida, quedando nuestro ser vacío de esos aspectos,
y colmado por una felicidad plena y duradera surgida de esa cesación, de ese
vacío de deseos y ansiedades, sólida como las cogniciones en las que se
sustenta, producto de la enorme sabiduría que se ha acumulado gracias a tan
dedicada práctica, el estadio en el que reina el no-deseo, el nirvana que
denominan quienes primero descubrieron ese estadio y el modo de alcanzarlo, en
el cual, a su vez, hay un camino que conduce desde la experiencia transformadora
de ese estadio, a la total liberación del más mínimo sentimiento de deseo. Estos
son algunos de los contenidos del libro "Meditación práctica, aquí y
ahora", el cual podrá descargarse gratuitamente al pinchar sobre su
fotografía, y en el que se incluyen aplicaciones prácticas para dejar de
fumar, aprender a controlar la ansiedad, la depresión, las obsesiones, la fobia
social y algunos consejos sobre la agorafobia, aparte del control emocional y
conocimiento interior en general.
Reservados todos los derechos por el autor
|