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Ahora en Madrid, clases de mindfulness y meditación impartidas por Joaquín Carrizosa.Mindfulness es la aplicación de una parte de la meditación que trabaja la atención para tratar problemas de estrés y ansiedad. También daremos meditación en el amplio sentido de la palabra para un mayor crecimiento personal y espiritual. Si estas interesad@ ponten en contacto con nosotros a través de este email: joaquincarrizosa@hotmail.com
Puede descargarse el contenido de los libros "Del Pánico a la alegría" y "Meditación práctica, aquí y ahora", totalmente gratis pinchando sobre su fotografía.
(Extracto del libro "Meditación práctica, aquí y ahora) La agorafobia, o el miedo a experimentar miedo, y las crisis de pánico, ansiedad o angustia.
Podríamos decir de forma muy simplificada que la agorafobia es el conjunto de conductas de evitación y de procesos cognitivos que operan en un individuo muy condicionado por el miedo a experimentar aquellas sensaciones que le producen miedo intenso.
Normalmente, ese cambio cognitivo que conduce a quienes sufren agorafobia a evitar todo tipo de sitios o situaciones que les puedan provocar las sensaciones a las que temen, por miedo a perder el control y sufrir una crisis de ansiedad, o morir de forma inminente al experimentarlas, o perder el control y volverse locos o cometer alguna locura, se produce a partir de una primera crisis de ansiedad, o de algún episodio de intenso miedo en aquellas personas que sufren de agorafobia aun sin tener crisis de pánico.
Esa experiencia aterradora, la crisis de ansiedad, queda impresa en la memoria de quienes la sufren, iniciando todo un proceso de cambios cognitivos dirigidos a evitar que una experiencia similar se vuelva a producir. El individuo pasa a un estado de alerta general en el que su atención está siempre vigilante a la posible aparición de algún síntoma que delate el riesgo de que se produzca una crisis. Esto sucede porque cuando se experimenta una crisis de pánico el individuo siente en todo su ser, de un modo intenso, que está corriendo un peligro de muerte inminente, o de volverse loco. Ese sentimiento, manifestado por el conjunto de sensaciones que experimenta, se acompaña de la fuerte convicción de la fatalidad del acontecimiento. Así pues, la persona afectada tratará en lo sucesivo de evitar todo tipo de sitios y situaciones en los que considere que puede correr el riesgo de que se manifiesten esas sensaciones a las que teme, que pasan por ser las típicas que se producen cuando nuestra ansiedad es elevada, como palpitaciones, sudoración, sensación de falta de aire, náuseas y sensación de angustia, sensación de mareo, dolor cervical, sensación de hormigueo y/o adormecimiento de piernas y/o brazos, dolor en el pecho, ruido en los oídos, etc. No todas las personas que sufren crisis de ansiedad experimentan todas estas sensaciones, sino que varían tanto en número como en tipo, entre las distintas personas, e incluso se añaden algunas diferentes en algunos casos.
Ilustrar adecuadamente este trastorno es harto complejo, por ello emplearemos el relato de una supuesta experiencia a modo de ejemplo.
María, una joven de 20 años a la que le gustaba divertirse con sus amigos y disfrutar de la vida, estaba atravesando una época “baja” emocionalmente hablando. Una serie de acontecimientos en su vida le mantenían por aquel entonces más alterada y nerviosa de lo habitual en ella. Un día una de sus amigas le explicó la fatalidad que le había acontecido a un familiar de esta amiga suya: La tía de su informadora, que era joven y gozaba de aparente buena salud, había sufrido un ataque cardíaco del que no pudieron hacer nada los médicos para salvarla. Según contaban algunos, de repente sintió como una molestia en el pecho, se puso pálida y se desmayó en un sueño del que ya nunca la pudieron despertar.
El relato de aquello le impresionó bastante, pues había conocido a la fallecida y, ciertamente, parecía estar llena de vitalidad. De repente comprendió que ella también estaba al alcance de morir de una forma similar, y eso le alertó bastante, aunque no era muy consciente de la repercusión que podría llegar a tener el temor que le suscitó.
Un día festivo salió a divertirse, como era habitual, con sus amigos. Tomaron alguna copa (y no sé si tomarían algo más que alcohol, pues nunca me lo dijo) y se pusieron a bailar. De repente, en mitad de la velada, entre muchísima gente y ruido, sintió como un dolor en el pecho que le alarmó bastante. Recordó a la tía de su amiga y su fatal desenlace. De inmediato pensó que lo que había tomado estaba obrando fatídicamente en su organismo, y se mantuvo muy alerta ante cualquier síntoma o indicio que se manifestara preocupante. Sintió fuertemente el latir de su corazón, que había aumentado su ritmo con energía, al tiempo que se le encogía el estómago y concebía molestas náuseas. Creyó confirmadas sus sospechas, y su corazón latió aún más deprisa reafirmándolas todavía más, al tiempo que buscaba la salida de aquel lugar a toda prisa. Mientras salía del local parecía que se estuviese asfixiando, su cara se tornó pálida y desencajada, y una especie de sacudida eléctrica recorrió todo su ser. Sus amigos, alertados por la situación, le preguntaron qué le ocurría, mientras la acompañaban en su búsqueda de aire fresco. Ella les respondió que se encontraba muy mal, que sentía desmayarse y le faltaba oxígeno, que creía que esta sufriendo un infarto, y les pidió que la llevasen a un hospital.
Subieron en un coche y se dirigieron al más cercano. El malestar de María contagió de nerviosismo a sus compañeros. Ella se afanaba en respirar rápida y profundamente el aire que entraba por la ventanilla abierta del coche, mientras creía que tal vez no llegasen a tiempo. No habían transcurrido más de diez minutos desde que su corazón comenzase a latir fuertemente y sintiese que le faltaba el aire; sin embargo, aquello parecía una eternidad.
Llegaron al hospital, y la intensidad de sus síntomas, que habían amainado notablemente durante los últimos minutos, volvió a resurgir. Explicó al medico que la atendía lo que había tomado y la experiencia que había tenido, tras lo cual le hicieron todo tipo de reconocimientos, mientras sus síntomas disminuían notablemente, y vieron que no tenía ningún problema cardíaco o de cualquier otra índole por el que preocuparse. Le pusieron un ansiolítico en el suero que le habían instalado poco antes y le explicaron que se trataba de ansiedad, de una crisis de ansiedad, de stress. Le recomendaron que descansara y que viese a su médico de cabecera.
Salió agotada del hospital; más que tranquila parecía que estuviera exhausta. La llevaron a casa y durmió durante horas.
Al día siguiente continuaba agotada, parecía que le hubiesen dado una paliza, aunque sin golpes. Reflexionó acerca de qué pudo haberle provocado aquello tan terrible. Pensaba que había estado a punto de sucederle lo peor.
Decidió no tomar nunca más de aquello que había tomado, fuera lo que fuese, para que no se volviese a repetir tan dramática situación; y permanecía rígida, alerta ante cualquier síntoma, por si acaso...
Un par de sábados más tarde, en aquél mismo local, comenzó a sentirse mal nuevamente. No había tomado nada extraño, sólo un refresco de cola y unas patatillas; y, sin embargo, su corazón volvió a latir a un ritmo frenético, y de nuevo le faltaba el aire y se sentía morir, al tiempo que experimentaba una especie de descarga por todo su cuerpo que hubiera puesto el vello de punta al más pintado. Corrió a llamar a uno de sus amigos para que la llevase al hospital. De camino parecía repetirse la historia de la vez anterior, y, una vez en el hospital, más aún.
Nuevamente le advirtieron que se trataba de ansiedad, y en esta ocasión le aconsejaron que visitara al psiquiatra, o al psicólogo.
Durante los días siguientes a esa segunda crisis permaneció sumamente asustada y vigilante a que sus síntomas no volviesen a aparecer. Su médico de cabecera le había recetado unos tranquilizantes, y esperaba la consulta con el psiquiatra, que sería un mes después. Apenas si salió de casa en la primera semana, tras este último episodio, y, poco después, volvió a salir casi con toda normalidad. Y digo casi, porque desde entonces, y en muchísimo tiempo, no volvió a visitar el local en el que se habían desencadenado sus crisis, por temor a que se repitieran.
Unas semanas después, subiendo las escaleras de su casa, sintió el latir de su corazón, que palpitó fuertemente, al tiempo que pensaba que corría el riesgo de que le volviese a dar aquello. Afortunadamente, la cosa quedó sólo en el susto; pero desde entonces subía y bajaba de su piso en el ascensor comunitario, intentando evitar con ello que se volviera a repetir un episodio similar. Para cuando le tocó cita con el psiquiatra, ya había decidido, un poco conscientemente y otro poco inconscientemente, no realizar ningún tipo de ejercicio que pudiese alterar el ritmo de su corazón; bailar, que tanto le había gustado, subir o bajar escaleras, practicar deporte o incluso andar demasiado rápido fueron prácticas que excluyó de su vida. La medicación que le mandó el doctor le fue relativamente bien, al principio; aunque no por ello pudo volver a realizar esas actividades que había decidido evitar por si le daba (una de aquellas crisis). No tuvo que transcurrir mucho tiempo cuando, un día que se encontraba haciendo cola en el supermercado, comenzó a sentirse mal nuevamente; parecía que le fuese a dar una crisis allí mismo sin que pudiera salir de esa situación; no saben la de cosas que pensó en un momento. “¿Qué pensarían los demás de ella si se daban cuenta de que estaba teniendo una crisis?” “La tomarían por loca”. Al fin le tocó pagar a ella y llevarse su compra; pero aquello le supuso una experiencia terrible, aunque no tan intensa como las anteriores. De hecho, ni siquiera fue al hospital, pues sabía que era ansiedad. En cambio, sí se tomó una de aquellas pastillas, un ansiolítico, que llevaba últimamente siempre consigo por si le daba una crisis, tal como le aconsejó su médico.
Aquello complicaba aún más su situación, pues tras esa experiencia parecía no haber sitio seguro fuera de su casa.
Desde entonces los sitios públicos en general eran motivo de angustia para ella. Sólo salía de casa acompañada por un familiar en quien confiaba que podría ponerla a salvo si se desencadenara una crisis. Por lo demás, en su cabeza fueron anidando todo tipo de miedos atraídos por su constante preocupación; si al principio sólo el palpitar de su corazón le producía pánico, ahora eran varias más las sensaciones que le aterraban, como la sensación de mareo o la de falta de oxígeno, y aquellas que no toleraba se multiplicaron. Así, cualquier sensación, como frío o calor, hambre o saciedad, dolor o relajación le producía malestar, y luchaba, infructuosamente, para que no se manifestaran en ella.
Independientemente de recibir la ayuda del profesional o profesionales adecuados, la solución a la agorafobia pasa por la comprensión, por parte de quien la sufre, del origen de su mal. Son muchísimas las personas que entran en las redes tejidas por la crisis de pánico con la convicción de que su problema, a este respecto, es meramente orgánico. Creen tener alguna afección cardiaca, o auditiva, o relacionada con sus cervicales, o cualquier otra a que achacarle su problema de ansiedad, como única causa de su tremendo malestar. Hay muchos casos en los que la persona afectada lo es también de un problema orgánico, el cual ha conducido su temor a ciertas sensaciones relacionadas con ese problema, pasando a tener dos problemas totalmente distintos; el problema orgánico, y otro psicológico que nada tiene que ver con el orgánico, a excepción de que le asusten las sensaciones derivadas de éste. La persona tiene que asesorarse bien, por médicos y psicólogos, y aprender a diferenciar su problema orgánico del psicológico, para poder darle el tratamiento adecuado a cada cual.
En el caso de quienes sufren agorafobia con crisis de pánico, lo primero que deben hacer es aprender que lo que alimenta a sus crisis de pánico es el temor, irracional, de que por experimentar las sensaciones a las que teme (siendo las propias del miedo intenso) corre el grave e inminente peligro de morir. Así, comprobando y aprendiendo que por el mero hecho de experimentar dichas sensaciones no se muere nadie, se deja de temer tan grande fatalidad por ese tipo de episodios, con lo cual se deja de experimentar crisis de pánico. A mi juicio, la diferencia entre experimentar pánico o experimentar una crisis de pánico radica en que cuando experimentamos pánico sentimos un miedo intenso, provocado por una determinada situación que consideramos tremendamente peligrosa para nuestras vidas, y ello nos causa las sensaciones típicas del pánico; una crisis de pánico se experimenta cuando la causa del pánico reside en que consideramos fatalmente peligrosas nuestras propias sensaciones, típicas de ese estado o de la ansiedad elevada en general.
La definición que el DSM IV hace de la crisis de angustia es la siguiente:
“La característica principal de una crisis de angustia es la aparición aislada y temporal de miedo o malestar de carácter intenso, que se acompaña de al menos 4 de un total de 13 síntomas somáticos o cognoscitivos. La crisis se inicia de forma brusca y alcanza su máxima expresión con rapidez (habitualmente en 10 minutos o menos), acompañándose a menudo de una sensación de peligro o de muerte inminente y de una urgente necesidad de escapar. Los 13 síntomas somáticos o cognoscitivos vienen constituidos por palpitaciones, sudoración, temblores o sacudidas, sensación de falta de aliento o ahogo, sensación de atragantarse, opresión o malestar torácico, náuseas o molestias abdominales, inestabilidad o mareo (aturdimiento), desrealización o despersonalización, miedo a perder el control o volverse loco, miedo a morir, parestesias, y escalofríos o sofocaciones).
Todas estas sensaciones son inocuas en sí mismas; es decir, todas ellas son sensaciones totalmente normales y naturales, fruto de nuestra ansiedad durante esos episodios, y por sí solas no nos harán ningún daño.
No correremos peligro porque sintamos sensación de asfixia, y sí lo correremos si verdaderamente nos falta el aire, que es una cuestión bien distinta; pues quienes sufren crisis de pánico creen que les falta el aire, y por ello lo toman aceleradamente, hiperventilando, lo que les crea aún más ansiedad.
Tampoco moriremos por el mero hecho de apreciar el latir o palpitar de nuestro corazón. Nuestro ritmo cardíaco varía con mucha frecuencia a lo largo del día; si caminamos, si permanecemos sentados, si nuestro trabajo requiere ejercicio, si estamos haciendo la digestión o si nos alarmamos por cualquier causa aunque no seamos conscientes de ello, el latir de nuestro corazón cambiará de ritmo, y ello es completamente natural. Si tenemos o no un problema cardíaco deberá ser el médico adecuado quien nos lo haga saber, así como la conveniencia o no de evitar determinadas situaciones, y no sólo guiarnos por lo que nosotros instintivamente creamos.
Igualmente ocurre con quienes experimentan una sensación de mareo y temen por ello. Piensan que esa sensación les hará desmayarse para no despertar jamás, o algo similar; sin embargo, la sensación de mareo pueden provocarla diversas causas. Por ejemplo, cuando nos obsesionamos por cualquier motivo y sometemos nuestra mente a un trabajo intenso de razonamientos ansiosos de solucionar nuestra obsesión y nuestra angustia, entra en un estado de relativo aturdimiento, en el que experimentamos, en ocasiones, sensación de mareo. También cuando tenemos algún problema audio-vestibular, o cuando hiperventilamos y a nuestro cerebro llega más oxígeno del que necesita, o al tensar rígidamente las cervicales, impidiendo la circulación sanguínea con toda normalidad experimentamos sensación de mareo; pero ello no implica necesariamente que nos caigamos desmayados para no despertar jamás cada vez que experimentemos esas sensaciones. Deberemos considerar el verdadero alcance de nuestro mal orgánico pues son muchas las ocasiones en las que, influenciados por el temor que nos produce, limita y angustia nuestra vida innecesariamente. E igualmente, deberemos asegurarnos de no confundir un problema orgánico con la crisis de ansiedad, lo que también se da en alguna ocasión.
Aprendiendo a observar nuestras sensaciones aprenderemos que no tenemos por qué temerles, aprenderemos a tolerarlas y a que no despierten en nosotros temores que generen una exagerada ansiedad innecesaria. Pues, aprender a observar nuestras sensaciones, como hemos visto en capítulos anteriores, implica aprender a observar los pensamientos de que se acompañan, las creencias o cogniciones que originan en muchos casos el surgir de nuestras sensaciones, así como el modo de percibirlas.
Así, en esta segunda fase tendremos que trabajar para aprender a tolerar nuestras sensaciones y para aprender a cambiar nuestros pensamientos irracionales, generadores de nuestro pánico y de nuestra ansiedad en general, por otros más racionales. Este trabajo implica exponerse a esas sensaciones y pensamientos, de forma gradual y progresiva, con la mayor atención posible, lo que supondrá un enorme esfuerzo para quienes están afectados por este mal.
De ese modo conseguirán controlar sus crisis de pánico, si bien continuarán teniendo ansiedad elevada e incluso amagos de crisis bastante desagradables. Para continuar avanzando en su curación bastará con seguir escuchando, atendiendo a sus sensaciones y pensamientos, además de a la naturaleza en general, y comprender que no por mucho apego que tengamos a la vida, por mucho que intentemos evitar la muerte con todas nuestras fuerzas y herramientas, cambiaremos la realidad de que ésta pueda aparecer en cualquier momento. Deberemos aceptar esa realidad no con resignación, sino con decisión; con la decisión de vivir plenamente cada instante, bueno o malo, y con la actitud de continuar aprendiendo de esta vida y de nosotros mismos, con el fin de pasar por ella lo más felizmente posible.
Por experimentar tanta ansiedad a lo largo de su vida, y también ahora para su curación, tendrán que aprender de la emoción de la pérdida y de cómo tratarla; pero no les será muy difícil, si adquieren maestría con las sensaciones y los pensamientos en su tarea destinada a erradicar su agorafobia. También tendrán que aprender con sus obsesiones, pues sus miedos anidarán ahí, máxime después de expulsarlos de su conducta de evitación; pero ya no será una tarea muy complicada, después de haber aprendido a manejar sus crisis de pánico de este modo. Con todo, el trabajo será largo y duro, pero muy compensatorio.
Así la historia de nuestra querida Maria, continuó de la siguiente manera:
...Tras vivir unos años en tan tremenda situación, en la que la desesperanza le llevaba a idear cosas terribles, en ocasiones incluso pensó en acabar con su vida para dejar tanto sufrimiento, se sintió dispuesta a mirar cuál era el verdadero origen de su mal. Toda su ira, aun en medio de la confusión, decidió transformarla en la energía necesaria para enfrentarse a sus temores. También toda su bondad y todo su amor, decidió emplearlos para su finalidad.
Buscó información respecto de las posibles soluciones que tendría su mal; fue muy cuidadosa, pues ya había oído bastante acerca de lo que le ocurría, y mucho de lo que se comentaba resultaba cuanto menos inútil. Trató de buscar información fiable; datos de estudios epidemiológicos respecto del trastorno de pánico, con o sin agorafobia, que le ayudasen a diferenciar el tipo de tratamiento adecuado para su curación. Una vez que vio las distintas terapias que existían para solucionar su problema, eligió la denominada cognitivo-conductual, por ser la que mejores resultados ofrecía con diferencia sobre las demás. Se empapó bien de en qué consistía la terapia, el modo en que operaba en la persona, los pasos a seguir, etc., pues sabía bien que no por el mero hecho de ir a un psicólogo éste le ayudaría, dada la cantidad de tipos distintos de terapias con las que trabajaban estos profesionales, y los tremendos desacuerdos entre unas terapias y otras y entre los propios psicólogos que las impartían. Así pues, y dado que el mero hecho de ir a un psicólogo no le garantizaba que le indicaran correctamente el tratamiento adecuado, se ilustró con un buen manual, aunque tomó consejos de dos, para ser más exactos, al tiempo que visitaba al psicólogo.
Dedicó varios meses únicamente a su recuperación. Primero se dedicó a comprender que, efectivamente, lo que le provocaban sus crisis era su temor a morir sólo por experimentar determinadas sensaciones a las que temía muchísimo. Ya el comienzo no fue fácil, pues había pasado muchos años convencida de que era verdaderamente peligroso para ella sentir esas sensaciones tan tremendas; a eso hubo que añadirle su primera desilusión, pues creyó que por el mero hecho de entender que no tenía por qué temerles a sus sensaciones dejaría de hacerlo, lo cual estaba muy lejos de la realidad. Ella lo entendía razonablemente, sin embargo, todo su ser continuaba creyendo que sus sensaciones eran peligrosas; tuvo que exponerse a ellas, practicando ejercicios físicos que le provocaran esas sensaciones a las que temía, al tiempo que aprendía a cambiar los pensamientos irracionales, que eran los que le hacían percibir sus sensaciones como peligrosas, por otros racionales y prácticos.
Pronto descubrió que la clave con la que optimizar sus esfuerzos para aprender y comprender rápido, era la atención, permanecer muy atenta a sus pensamientos, al igual que a sus sensaciones, para comprender mejor cómo surgían unos con otros; es decir, para ver por ella misma cómo cada vez que sentía miedo ante una sensación era porque en su mente había surgido un pensamiento que la alertaba, erróneamente, del grave peligro que corría al experimentarla. Así, pronto fue capaz de poder observar con claridad cómo se disparaba su ansiedad cuando percibía una sensación y en su mente aparecía un pensamiento que le advertía algo como... “¡Oh no, el corazón va a latir fuertemente”, “¡Cuidado, hay que ponerse a salvo”. También observaba que siguiendo el hilo de ese tipo de pensamientos encontraba siempre el mismo temor a morir por aquello. Eso le fue de gran ayuda, pues en esos momentos tan difíciles se esforzaba en decirse una y otra vez: “No es cierto que vaya a ocurrir lo que tanto temo sólo porque experimente estas sensaciones, y me quedaré observándolo, sin huir ni luchar contra ellas, para que todo mi ser comprenda que no tengo por qué temerles”. Y, a base de practicar una y otra vez aquella difícil tarea, y de meditar y reflexionar en casa todo lo que le acontecía, aprendiendo a relajarse y a “soltarse” poco a poco de sus terribles miedos, consiguió paulatinamente realizar de nuevo todas aquellas actividades que ya no hacía por sus temores desmedidos, exponiéndose gradualmente a ellas, comenzando por las que le resultaban más asequibles y continuando por otras más difíciles para ella, pero que pronto pudo realizar también.
Aplicó todo aquello que había aprendido a las distintas áreas de su personalidad, pues ya antes de ser agorafóbica era muy exigente consigo misma y con la vida en general, y ello le había ido creando cada vez más y mayores problemas emocionales. Además, durante los últimos años y debido a su agorafobia, y ahora con el tremendo esfuerzo que había realizado, la emoción de la pérdida se había hecho fuerte en ella, y también muchas obsesiones. Pero no tuvo grandes dificultades para superar esto, al menos en comparación con el esfuerzo que le supuso superar la agorafobia; y con las herramientas que aprendió a manejar durante su recuperación, pudo vencer sus problemas de ansiedad y, además, aprender a amar y disfrutar de las cosas bellas de la vida como no lo había hecho nunca antes. Comprendió que lo que había aprendido iba mucho más allá de la superación de sus grandes miedos limitantes. Había aprendido a conocerse y comprenderse a sí misma, y a actuar consecuente y conscientemente.
1º. Asesórese bien para entender en qué consiste su problema. Los manuales que se mencionan son bastante explícitos y contrastados.
2º. Intente comprender que sentimos en función de lo que pensamos. Si algo nos parece peligroso experimentaremos miedo, sea o no peligroso; si no nos parece peligroso ese algo no experimentaremos temor, aunque lo fuese.
Por ejemplo: Imagine que sube a una atracción de feria, tal como la montaña rusa. Estadísticamente queda demostrado que no resulta peligroso subir en ella, pues el índice de siniestros u otro tipo de accidentes producidos así nos lo demuestra; sin embargo, experimentaremos ansiedad y temor al subir en ella, dada nuestra percepción del mismo.
Ahora imaginemos que viajamos de pasajeros en un buen coche por una cómoda autopista, con una temperatura agradable y una música ambiental relajante a la velocidad de 150 Km/h. Puede que vayamos relajados y disfrutando de nuestro viaje; sin embargo, es verdaderamente peligroso viajar a esa velocidad, por muy cómodos que nos sintamos, pues las estadísticas así lo demuestran. Nuevamente, la percepción del peligro es errónea para nosotros.
Por ello, es muy importante que comprenda que tiene una percepción errónea de sus sensaciones y pensamientos, causante de sus crisis de pánico.
3º. Practique los ejercicios de meditación expuestos en anteriores capítulos, con el fin de adiestrarse en la percepción y atención a sensaciones y pensamientos; lo que le será de gran ayuda para aprender a tolerar sus sensaciones y cambiar las creencias (cogniciones) que originan sus crisis.
4º Con la ayuda de un manual, y si es posible de un buen profesional, dispóngase a provocarse la sensaciones a las que teme, con el fin de aprender a tolerarlas. Prácticamente todas las sensaciones a las que temen las personas con trastorno de pánico pueden experimentarse con la practica de ejercicio físico dinámico, tal como footing, aeróbic, etc., pues con ellos se provoca que el ritmo cardiaco sea mayor, que se produzca sudoración, sensación de falta de oxigeno, molestias abdominales, sensaciones de mareo (para ello basta con cualquier ejercicio que requiera movimiento en general, lo que, además, sirve como ejercicio de reeducación vestibular). Una sensación sumamente importante en las crisis de pánico es la que se experimenta tras hiperventilar, la cual no podremos practicar sólo por hacer deporte (a menos que vayamos a hacer submarinismo, que se practica la hiperventilación para comprobar la respuesta ante ésta antes de sumergirse en aguas profundas). Para provocarse esa sensación basta con respirar rápido y profundo durante un minuto. Experimentará las sensaciones típicas de la hiperventilación, las cuales conocen bien la mayoría de quienes han experimentado crisis de pánico. Normalmente producen parestesias (una sensación como de hormigueo en las extremidades) y otras sensaciones bastante desagradables para las personas afectadas. No obstante: Si decide llevar a cabo alguna de estas prácticas consulte a su médico, pues el le podrá informar si hay algún motivo por el que usted no deba llevarlas a cabo.
5º. Tras haber practicado con sus sensaciones y pensamientos, vaya afrontando gradualmente las situaciones que evita y que deberían formar parte de su vida cotidiana.
6º. Tenga en cuenta que el aprendizaje no es lineal, y en su recuperación tendrá momentos en los que piense que ha retrocedido en lugar de avanzar. Eso es normal que ocurra, no se desanime por ello: a todos quienes hemos salido de ese problema nos ha ocurrido. No obstante, continúe adelante y podrá solucionar sus obstáculos, aprendiendo a conocerse y a tolerar sus sensaciones y pensamientos.
Espero que su visita por las distintas páginas que componen esta web le resulte agradable
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