Ansiedad evolución y comprensión

    

Principal ] El miedo a la homosexualidad ] La búsqueda de la inmortalidad ] [ Ansiedad evolución y comprensión ] Meditacion ] La crisis de pánico y la agorafobia ] La ansiedad ] Las obsesiones ] La depresión ] Técnicas de relajación ] ZEN ] Libro "Del pánico a la alegría" ] Fobia social ] El Autor ] Centro de tecnicas de relajacion e inteligencia emocional ] Emisiones de Radio de temas relacionados ] Dejar de fumar ] Links ] FORO ] La alegria ] Contacto ] Practical meditation, here and now ]

En el siguiente texto extraído del libro "Meditación práctica, aquí y ahora" consideramos al deseo sinónimo de ansiedad: El deseo, cuando deja de ser sutil pasa a ser ansia, y de ésta a ansiedad (nota del autor)

 

Deseo, evolución y comprensión

 

"Según nos muestran científicos e historiadores, el hombre ha vivido en concordancia con la naturaleza durante milenios, a pesar de su desaforada ansiedad. Esto ha sido posible gracias a su desconocimiento en muchas áreas tales como la tecnología, la medicina, la filosofía y otras ciencias y aspectos en general del saber humano que, de uno u otro modo, nos han ayudado a desarrollarnos por lo largo y ancho del planeta. Ahora podríamos valorar las dos grandes motivaciones que nos han conducido hasta aquí: deseo y comprensión.

 

     El deseo, nuestro ansiar supuestas mejoras, nos ha guiado desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, moviéndonos a trabajar en todo tipo de proyectos que satisficieran, en la medida de lo posible, nuestro incesante surgir de deseos. No ha actuado solo, pues la razón, la experiencia y la sabiduría le han acompañado, en mayor o menor medida, a cada paso, contrarrestando en parte su inmensa actuación.

 

     Movidos con la fuerza de ese ansia hemos luchado ferozmente contra fieras u otros peligros que nos acechasen a lo largo de nuestra historia. También nuestros deseos de que nos sucediesen, o de que no lo hiciesen, innumerables acontecimientos que, en base a nuestra imaginación y también a nuestra razón y experiencia, hubiésemos considerado como buenos para nuestro bienestar, en el primer caso, o peligrosos para nuestra vida en el segundo, nos han motivado a actuar. Organizando tareas, almacenando alimentos, preparando cacerías o cultivando tierras, el deseo de sobrevivir o el miedo a morir ha movido nuestros actos. Y la interpretación que nuestra mente haya dado a los acontecimientos la hemos experimentado, principalmente, con nuestras emociones, sintiéndonos bien toda vez que nuestra mente ha considerado un resultado positivo para nuestra vida, y mal cuando lo ha considerado negativo, siempre en base a ese orden de valores.

 

     La ansiedad ha resultado una herramienta útil, y así lo ha demostrado a lo largo de los años. En su expresión más clara, todos hemos podido comprobar cómo ésta prepara a todo nuestro organismo ante cualquier amenaza que nuestra mente perciba e interprete como tal. Si, de repente, nos encontrásemos frente a un animal dispuesto a atacarnos, nuestra ansiedad, nuestro miedo, sería el encargado de mandar la señal de alarma a través de nuestro cuerpo. Nuestro cerebro, mandaría todo tipo de señales nerviosas, de modo rápido y automático, para que nuestros órganos, nuestros músculos, nuestra atención y, en definitiva, nuestro organismo, se encuentre lo mejor preparado que le sea posible ante esa amenaza. No resulta difícil imaginar el papel que la ansiedad ha debido jugar a lo largo de la historia de nuestra evolución, preparándonos de forma rápida y automática ante la presencia de cualquier peligro (enemigos naturales, desastres, hambrunas) al igual que lo hace hoy ante similares o distintos peligros, como puede ser la repentina aparición de un camión que se dirija hacia nosotros peligrosamente.

 

     En conjunto con nuestra imaginación, nuestra ansiedad nos ha movido a prepararnos ante los peligros venideros que hayamos convenido y podido advertir. Desde la minuciosa preparación de armas y estrategias, en los comienzos de nuestra historia como hombres, al estudio de los astros en busca de posibles “avisos” y prevenciones, ésa ha sido, y sigue siendo, la principal tarea del ser humano, prepararse ante posibles futuros peligros.

 

     Gracias a ello, a nuestro ansia de bienestar, a nuestro temor a la muerte y a las enfermedades, a nuestro deseo de vivir lo mejor posible, y junto con el uso de la razón, hemos podido crear innumerables fármacos de probada eficacia ante multitud de enfermedades. También hemos creado la tecnología y los conocimientos suficientes como para que los alimentos, la ropa, la vivienda, etc. no sean un problema y estén al alcance de todos, al menos en los países desarrollados. Gracias a nuestros conocimientos y a nuestro deseo de ir más allá, hemos viajado al espacio exterior o creado hospitales que salvan innumerables vidas. En suma, creo que el deseo ha colaborado con la razón y la comprensión en la elaboración y consecución de muchas cosas buenas.

 

     Sin embargo, así, y en combinación con nuestra enorme imaginación y creatividad, también resulta enormemente destructivo.

 

     A nivel individual, su acción destructora pasa por minar de terribles miedos a cualquier individuo. Todos, a lo largo de nuestra vida, nos vemos afectados por la angustia de nuestros infundados temores. ¿Quién no se siente atrapado por temores que, aun sabiendo que no debiera concederles importancia, limitan su vida? ¿Quién no se siente abatido por sus ansiedades, en unos u otros momentos? A cada instante, nuestra mente pone frente a nosotros pensamientos, imágenes mentales, planteamientos, supuestos, que despiertan nuestras sensaciones y emociones relacionadas con nuestro ego, y experimentamos sufrimiento por ello. Pasamos la mayor parte del día imaginando supuestos peligros, o ilusionando futuros que resuelvan esos supuestos. Evidentemente, también encontramos el peligro en algún momento presente, pero, para una vez que morimos, nos lo tememos miles, por no poner ceros a esa cifra. Si fuésemos capaces de centrarnos en el momento presente, podríamos experimentar goce, pues éste, en ausencia de temores y con la debida atención, sencillamente surge.

 

     Mas, continuando con la acción que ha movido el deseo a lo largo de nuestra existencia, a la construcción de hospitales y el descubrimiento de medicinas hay que añadir que en los países pobres las personas mueren víctimas de todo tipo de enfermedades a las que no atendemos porque nuestros deseos, sencillamente, apuntan hacia otros lugares. En sólo unos pocos años, desde la revolución tecnológica e industrial, hemos puesto el planeta patas arriba, hemos explotado todo tipo de recursos energéticos, hemos ensuciado, contaminado y alterado la biosfera como auténticos inconscientes, y posiblemente ese abuso nos estará pasando factura por la alteración del ecosistema; y todo ello, no sólo para saciar nuestro hambre o curar nuestras heridas, eso sería lo de menos. Basta pasear por cualquier ciudad para poder observar cuál es, hasta ahora, el resultado de la ecuación que combina mucho deseo con poca razón y comprensión. Coches de mil diseños distintos, con potencias, equipos de sonido y todo tipo de detalles encaminados a satisfacer los deseos del consumidor, a la vez que los del fabricante, y que jamás saciarán plenamente sus ansias. Tiendas de ropa, dulces, comida que nos proporciona la vida de otros seres vivos y que van a la basura en muchas ocasiones sin apenas probarla. Electrodomésticos de todo tipo, diseñados para satisfacer todo tipo de deseos imaginables, pues, los que no se nos habían ocurrido, a buen seguro se le ocurrirán a alguien que lo pueda comercializar. Atrayente publicidad en busca de nuestra atención, que despierte algún deseo cualquiera y nos mueva a consumirlo; porque, si en algo ha sacado partido el conocimiento de la psicología occidental es en su aplicación comercial.

 

     Recuerdo cuando cursaba séptimo de E. G. B. y se hablaba del año 2000 como la meta de los tiempos. Se pensaba, según comentaba el maestro y en base a los libros de texto, que para ese año habría muchísimo paro, debido a la cantidad de trabajo que ahorrarían las nuevas máquinas. Nada más lejos, nuestro incesante devenir de deseos difícilmente podrá ser saciado por mucho que trabajen las máquinas. Por mucho que creemos, siempre pensaremos en inventar algo que, imaginamos, saciará nuestros nuevos deseos. Podrá haber paro, pero debido a nuestra mala organización.

 

     Si nos detenemos a reflexionar por unos instantes y pensamos en el corto periodo de tiempo que llevamos disponiendo de sofisticada tecnología, recordando las dos grandes guerras y mirando el panorama actual, no ya sólo bélico, sino consumista, podremos observar que necesitamos pararnos a reflexionar más a menudo, bastante más.

 

     Y ello, sin mencionar el innecesario daño que hacemos al resto de los seres vivos que habitan el planeta. Si tiramos la comida mientras otros se mueren de hambre, si gastamos en armamento muchísimo más que en medicina para quienes lo necesitan... ¿Qué no haremos con nuestros compañeros de hábitat?

 

     Basta fijarse en cualquier camión cargado de corderos u otros animales que pase por delante nuestro. Los veremos apretujados, sedientos, temblorosos. Podremos ver cómo lloran las vacas cuando van al matadero y sienten que sus compañeras están siendo sacrificadas. Da igual, aun así tiraremos su carne a la basura porque nuestro filete haya salido poco o muy hecho. Criaremos millones y millones de seres vivos, en condiciones inhumanas, para ser sacrificados a capricho en muchísimos casos, pues su carne será tirada, o nos servirá únicamente para aumentar nuestro colesterol y obesidad fruto de nuestro desaforado y descontrolado deseo de comer".

Del libro "Meditación práctica, aquí y ahora".