|
|
En el siguiente texto extraído del libro "Meditación práctica, aquí y ahora" consideramos al deseo sinónimo de ansiedad: El deseo, cuando deja de ser sutil pasa a ser ansia, y de ésta a ansiedad (nota del autor)
Deseo, evolución y comprensión
"Según nos muestran científicos
e historiadores, el hombre ha vivido en concordancia con la naturaleza durante
milenios, a pesar de su desaforada ansiedad. Esto ha sido posible gracias a su
desconocimiento en muchas áreas tales como la tecnología, la medicina, la
filosofía y otras ciencias y aspectos en general del saber humano que, de uno u
otro modo, nos han ayudado a desarrollarnos por lo largo y ancho del planeta.
Ahora podríamos valorar las dos grandes motivaciones que nos han conducido
hasta aquí: deseo y comprensión. El deseo, nuestro ansiar supuestas mejoras,
nos ha guiado desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, moviéndonos
a trabajar en todo tipo de proyectos que satisficieran, en la medida de lo
posible, nuestro incesante surgir de deseos. No ha actuado solo, pues la razón,
la experiencia y la sabiduría le han acompañado, en mayor o menor medida, a
cada paso, contrarrestando en parte su inmensa actuación. Movidos con la fuerza de ese ansia hemos
luchado ferozmente contra fieras u otros peligros que nos acechasen a lo largo
de nuestra historia. También nuestros deseos de que nos sucediesen, o de que no
lo hiciesen, innumerables acontecimientos que, en base a nuestra imaginación y
también a nuestra razón y experiencia, hubiésemos considerado como buenos
para nuestro bienestar, en el primer caso, o peligrosos para nuestra vida en el
segundo, nos han motivado a actuar. Organizando tareas, almacenando alimentos,
preparando cacerías o cultivando tierras, el deseo de sobrevivir o el miedo a
morir ha movido nuestros actos. Y la interpretación que nuestra mente haya dado
a los acontecimientos la hemos experimentado, principalmente, con nuestras
emociones, sintiéndonos bien toda vez que nuestra mente ha considerado un
resultado positivo para nuestra vida, y mal cuando lo ha considerado negativo,
siempre en base a ese orden de valores. La ansiedad ha resultado una herramienta útil,
y así lo ha demostrado a lo largo de los años. En su expresión más clara,
todos hemos podido comprobar cómo ésta prepara a todo nuestro organismo ante
cualquier amenaza que nuestra mente perciba e interprete como tal. Si, de
repente, nos encontrásemos frente a un animal dispuesto a atacarnos, nuestra
ansiedad, nuestro miedo, sería el encargado de mandar la señal de alarma a
través de nuestro cuerpo. Nuestro cerebro, mandaría todo tipo de señales
nerviosas, de modo rápido y automático, para que nuestros órganos, nuestros músculos,
nuestra atención y, en definitiva, nuestro organismo, se encuentre lo mejor
preparado que le sea posible ante esa amenaza. No resulta difícil imaginar el
papel que la ansiedad ha debido jugar a lo largo de la historia de nuestra
evolución, preparándonos de forma rápida y automática ante la presencia de
cualquier peligro (enemigos naturales, desastres, hambrunas) al igual que lo
hace hoy ante similares o distintos peligros, como puede ser la repentina
aparición de un camión que se dirija hacia nosotros peligrosamente. En conjunto con nuestra imaginación,
nuestra ansiedad nos ha movido a prepararnos ante los peligros venideros que
hayamos convenido y podido advertir. Desde la minuciosa preparación de armas y
estrategias, en los comienzos de nuestra historia como hombres, al estudio de
los astros en busca de posibles “avisos” y prevenciones, ésa ha sido, y
sigue siendo, la principal tarea del ser humano, prepararse ante posibles
futuros peligros. Gracias a ello, a nuestro ansia de
bienestar, a nuestro temor a la muerte y a las enfermedades, a nuestro deseo de
vivir lo mejor posible, y junto con el uso de la razón, hemos podido crear
innumerables fármacos de probada eficacia ante multitud de enfermedades. También
hemos creado la tecnología y los conocimientos suficientes como para que los
alimentos, la ropa, la vivienda, etc. no sean un problema y estén al alcance de
todos, al menos en los países desarrollados. Gracias a nuestros conocimientos y
a nuestro deseo de ir más allá, hemos viajado al espacio exterior o creado
hospitales que salvan innumerables vidas. En suma, creo que el deseo ha
colaborado con la razón y la comprensión en la elaboración y consecución de
muchas cosas buenas. Sin embargo, así, y en combinación con
nuestra enorme imaginación y creatividad, también resulta enormemente
destructivo. A nivel individual, su acción destructora
pasa por minar de terribles miedos a cualquier individuo. Todos, a lo largo de
nuestra vida, nos vemos afectados por la angustia de nuestros infundados
temores. ¿Quién no se siente atrapado por temores que, aun sabiendo que no
debiera concederles importancia, limitan su vida? ¿Quién no se siente abatido
por sus ansiedades, en unos u otros momentos? A cada instante, nuestra mente
pone frente a nosotros pensamientos, imágenes mentales, planteamientos,
supuestos, que despiertan nuestras sensaciones y emociones relacionadas con
nuestro ego, y experimentamos sufrimiento por ello. Pasamos la mayor parte del día
imaginando supuestos peligros, o ilusionando futuros que resuelvan esos
supuestos. Evidentemente, también encontramos el peligro en algún momento
presente, pero, para una vez que morimos, nos lo tememos miles, por no poner
ceros a esa cifra. Si fuésemos capaces de centrarnos en el momento presente,
podríamos experimentar goce, pues éste, en ausencia de temores y con la debida
atención, sencillamente surge. Mas, continuando con la acción que ha
movido el deseo a lo largo de nuestra existencia, a la construcción de
hospitales y el descubrimiento de medicinas hay que añadir que en los países
pobres las personas mueren víctimas de todo tipo de enfermedades a las que no
atendemos porque nuestros deseos, sencillamente, apuntan hacia otros lugares. En
sólo unos pocos años, desde la revolución tecnológica e industrial, hemos
puesto el planeta patas arriba, hemos explotado todo tipo de recursos energéticos,
hemos ensuciado, contaminado y alterado la biosfera como auténticos
inconscientes, y posiblemente ese abuso nos estará pasando factura por la
alteración del ecosistema; y todo ello, no sólo para saciar nuestro hambre o
curar nuestras heridas, eso sería lo de menos. Basta pasear por cualquier
ciudad para poder observar cuál es, hasta ahora, el resultado de la ecuación
que combina mucho deseo con poca razón y comprensión. Coches de mil diseños
distintos, con potencias, equipos de sonido y todo tipo de detalles encaminados
a satisfacer los deseos del consumidor, a la vez que los del fabricante, y que
jamás saciarán plenamente sus ansias. Tiendas de ropa, dulces, comida que nos
proporciona la vida de otros seres vivos y que van a la basura en muchas
ocasiones sin apenas probarla. Electrodomésticos de todo tipo, diseñados para
satisfacer todo tipo de deseos imaginables, pues, los que no se nos habían
ocurrido, a buen seguro se le ocurrirán a alguien que lo pueda comercializar.
Atrayente publicidad en busca de nuestra atención, que despierte algún deseo
cualquiera y nos mueva a consumirlo; porque, si en algo ha sacado partido el
conocimiento de la psicología occidental es en su aplicación comercial. Recuerdo cuando cursaba séptimo de E. G.
B. y se hablaba del año 2000 como la meta de los tiempos. Se pensaba, según
comentaba el maestro y en base a los libros de texto, que para ese año habría
muchísimo paro, debido a la cantidad de trabajo que ahorrarían las nuevas máquinas.
Nada más lejos, nuestro incesante devenir de deseos difícilmente podrá ser
saciado por mucho que trabajen las máquinas. Por mucho que creemos, siempre
pensaremos en inventar algo que, imaginamos, saciará nuestros nuevos deseos.
Podrá haber paro, pero debido a nuestra mala organización. Si nos detenemos a reflexionar por unos
instantes y pensamos en el corto periodo de tiempo que llevamos disponiendo de
sofisticada tecnología, recordando las dos grandes guerras y mirando el
panorama actual, no ya sólo bélico, sino consumista, podremos observar que
necesitamos pararnos a reflexionar más a menudo, bastante más. Y ello, sin mencionar el innecesario daño
que hacemos al resto de los seres vivos que habitan el planeta. Si tiramos la
comida mientras otros se mueren de hambre, si gastamos en armamento muchísimo más
que en medicina para quienes lo necesitan... ¿Qué no haremos con nuestros
compañeros de hábitat? Del libro "Meditación práctica, aquí y ahora". |