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La
depresión Intentaré ofrecerles la visión que de la
depresión me ha dado mi propia experiencia y la observación de otras personas
con ese gran problema, sabiendo de lo difícil de su abordaje. Como
comentamos con anterioridad, la depresión se origina a causa del exagerado
deseo, de la desilusión, de la ansiedad. Cuando un acontecimiento o situación
nos genera ansiedad, desearemos que suceda algo que resuelva nuestra ansiedad, y
consideraremos vital para nosotros, en mayor o menor medida, la resolución de
esa ansiedad, así como de la situación que nos la ha provocado; pues, de
hecho, si nos causa ansiedad es porque realmente consideramos peligrosa para
nosotros esa situación. Acompañada de esa sensación de ansiedad
experimentaremos, con mayor o menor intensidad, la sensación de pérdida o
depresión; pues, nuestro ser capta e imagina en ese supuesto peligro lo que
creemos, cognitivamente, que podemos perder de nuestra vida o de nuestro
bienestar, y como tal lo experimentamos con esa emoción de pérdida, tristeza y
abatimiento. Esa experiencia puede vivirse con una mayor
o menor intensidad, en función del grado de creencia (cognitiva, no sólo
racional) que tengamos de que todo está perdido. Así,
en la medida en que vamos experimentando momentos y periodos de ansiedad,
igualmente vamos experimentando momentos de tristeza y depresión, aunque
nuestra reacción ante esa emoción no sea exactamente igual en unos individuos
que en otros, al igual que sucede al experimentar temor. Y esos momentos de
tristeza y depresión van marcando nuestra vida significativamente; pues,
cuantos más momentos de esas características vamos viviendo, más condicionan
nuestro modo de ver la realidad, nuestro modo de pensar y nuestro
comportamiento, influenciados por esa emoción y por la química que genera en
nuestro organismo. Al igual que le sucede a la ansiedad, esta
emoción genera su propia química, en la que nos encontramos abatidos y sin
apetencias, faltos de todo tipo de motivación e ilusión. Preferimos no llevar
a cabo ningún tipo de tarea, no “malgastar” energías en ningún tipo de
esfuerzo, pues bajo sus efectos consideramos que nada vale ya la pena. No
queremos volver a tener ilusión para no volver a sufrir ninguna desilusión, y
nuestra alegría brilla por su ausencia. Creemos que la felicidad es una
falsedad, al menos para nosotros; y, en resumen, al igual que la crisis de pánico
y el miedo intenso marcan nuestra vida y tejen un entramado de conductas de
evitación y de innumerables miedos recurrentes, la experiencia de la emoción
de la pérdida cuando es muy frecuente e intensa condiciona nuestra vida guiándola
por un mar de pesimismo nefasto. Nuestra mente se convierte en una especialista
en “filtrar” pensamientos cargados de negatividad, de pésimo presente y
peor futuro para nosotros. El viejo dicho “Todo es del color del cristal con
que se mira”, cobra, en este caso, especial relevancia; pues la persona
afectada por esta emoción podríamos decir que todo lo ve gris, sin colorido ni
esperanza. Y, a medida que pasa el tiempo en ese estado, las cogniciones que se
han ido generando bajo la influencia de esa química, de esa emoción, que son
las que “filtran” los pensamientos del individuo que la padece, van siendo más
sólidas y difíciles de modificar. Si hay un estado emocional difícil de
cambiar ese es el de la pérdida, especialmente cuando se encuentra muy
arraigado; pues, si bien otros estados son más sufridos, como es el caso de la
ansiedad extrema, éste tiene la particularidad de estar falto de motivación,
además de ir acompañado del problema de ansiedad que lo ha generado, por lo
que el individuo que lo padece suele encontrarse con un doble problema: su
ansiedad le deprime y su depresión le impide trabajar para superar su ansiedad,
al igual que su depresión. ¿Cómo se pasa de experimentar la sensación de pérdida
o depresión sólo en determinados momentos puntuales, a formar parte de nuestra
vida cotidiana? Imaginemos una situación límite y su
sentido en nuestra supervivencia, tal como puede ser la crisis de ansiedad, en
la que la emoción de la pérdida o depresión a buen seguro que hará acto de
presencia. Cuando experimentamos una crisis de pánico,
verdaderamente nuestro ser cree que corre el peligro de morir de forma
inminente, y experimentamos, junto con el resto de sensaciones que se desaten en
la crisis, esa pesada carga paralizante que diferencia la emoción de la pérdida
al resto de sensaciones que nuestra ansiedad genera en nosotros; pues, en esos
momentos, creemos que todo está perdido, que nuestra vida está a punto de
acabarse. Si bien, ante esa emoción aplastante y paralizante podemos reaccionar
de distintas formas, y movilizarnos en busca de una solución motivados por
nuestra gran ansiedad, o quedarnos paralizados motivados por la fuerza de esa
emoción de la pérdida. Imaginemos una situación así en otros
animales, tal como en una gacela presa del pánico ante la presencia de un león.
Corre y lucha por sobrevivir durante un tiempo; pero, cuando siente la muerte
por las fauces del león queda paralizada, sumisa. Esta actitud varía de unas
presas a otras, pero es frecuente. No sé muy bien qué función cumpla en la
supervivencia; tal vez esa inmovilización y aparente ausencia les evita en
alguna ocasión ser devoradas por sus cazadores, y sobrevivir. Ese mismo tipo de
actitud habremos observado en las fiestas populares en las que se sueltan toros
y la gente corre a su alrededor; en ocasiones en que un individuo se encuentra
asediado por el toro y sin escapatoria, éste opta por quedar inmóvil, lo que
muchas veces da resultado induciendo a que el animal no envista contra la
persona acorralada. Tal vez esa emoción, como el resto de las
que forman parte de nuestra vida, haya tenido y siga teniendo un papel en
nuestra evolución y supervivencia en general. Considerando que nuestra ansiedad se ha
manifestado y se manifiesta en nosotros para ayudarnos a sobrevivir, y que su
intensidad varía en función de lo peligroso y amenazante que consideremos para
nosotros los acontecimientos que nos la generan, igualmente podemos considerar a
la emoción de la pérdida o depresión como una herramienta más del conjunto
de herramientas de que disponemos para sobrevivir. Así, nosotros podemos percibir esa emoción
que predica que todo está perdido, con distinta intensidad e influencia en
nuestro ser y sin necesidad de que hayamos experimentado en ninguna ocasión una
situación límite. Pequeñas ansiedades nos traerán pequeñas depresiones, y
grandes ansiedades, intensas experiencias de esa emoción; aunque ambas
emociones no tienen por qué guardar una relación directamente proporcional. Como en el resto de áreas de nuestra
personalidad, nuestra herencia genética y nuestra educación y entorno, juegan
un papel determinante en el desarrollo y trascendencia de esa emoción; es por
lo que en parecidas circunstancias unas personas se deprimen más que otras. Así, experimentaremos esa emoción ante la
percepción, real o imaginaria, de la pérdida de nuestra vida, o de una parte
que nosotros consideremos importante de ella, como puede ser un miembro de
nuestro cuerpo o de nuestra familia; nuestro trabajo o suspender un examen, al
considerarlo vital para nuestro futuro; el no de otra persona, al creer que ello
implica que hemos perdido su compañía, amistad, o que no la hemos ganado aun
habiéndolo deseado, etc. Ante la ansiedad reaccionamos con conductas
de evitación, de lucha o huída; y también, en mayor o menor medida,
influenciados por esta emoción de la pérdida. Cuando experimentamos esa
ansiedad, con la emoción de la pérdida, y, posteriormente, deseamos encontrar
una solución a lo que consideramos causa de nuestro malestar, a lo que nos hace
sentir amenazados, ilusionamos un futuro mejor en el que hayamos sido capaces de
superar ese problema, o en el que nuestra suerte haya cambiado para bien y
nuestro pesar haya desaparecido. Mientras ilusionamos un futuro mejor nos
sentimos mejor y, motivados, llevamos a cabo tareas y nos esforzamos por adoptar
actitudes con las que vencer nuestros temores y amenazas. Sin embargo, la ilusión resulta un arma de
doble filo, y tendemos a imaginar en ella, envueltos en su agradable química,
un futuro que, como imaginario, resulta poco realista; aunque nuestro futuro
resulte agraciado y coincida en alguna ocasión exactamente con nuestras
ilusiones, es tremendamente difícil que lo haga, pues aun encontrando un
trabajo mejor, una persona maravillosa o cualquier otra realidad que hayamos
ilusionado, difícilmente igualará, exactamente, nuestra ilusión. Por ello, en
la mayoría de las ocasiones, una ilusión, un fuerte deseo respecto de un
acontecimiento futuro, traerá consigo una desilusión, y ella una emoción de
la pérdida, de que nada vale la pena, de que todo nos sale mal, de que esforzándonos
y teniendo ilusión sólo conseguiremos desilusionarnos y sufrir las
consecuencias. De ese modo, nuestros momentos de ansiedad
habrán generado momentos de esa emoción de la pérdida, y en su conjunto,
deseos de acabar con nuestro sufrimiento y malestar, traducidos en acciones,
ilusiones y esfuerzos destinados a superar el supuesto motivo de nuestro
sufrimiento. Cuando nuestras ilusiones se ajustan a la realidad y nuestros
deseos no son ansias, esos esfuerzos y actitudes se ven recompensados, sintiéndonos
satisfechos con nosotros y con la vida en general; sin embargo, cuando ansiamos
lo que el destino no puede o no quiere darnos, nos sentimos tristes y
desdichados, inmersos en esa emoción de la pérdida y en sus condicionamientos. Así,
por poner un ejemplo, alguien puede volcarse de lleno en un objetivo, deseando,
o mejor, ansiando que se cumpla su objetivo; considerarlo vital para él llegado
a un punto, y sentir un enorme chasco en el momento que su mente interprete,
acertada o equivocadamente, que ya no queda esperanza de conseguir lo que tanto
desea. Algo similar nos ocurrirá cuando tengamos que
despedirnos para siempre de un ser querido, si con anterioridad hemos barajado
esa posibilidad y hemos empeñado todo nuestro deseo e ilusión en que no suceda
lo que tanto tememos. También si la pérdida es repentina e inesperada, y
nuestra mente no alcanza a ver un futuro para nosotros sin ese ser o esa parte
de nosotros que hemos perdido. Pero, el hecho de experimentar con mucha
intensidad esa emoción no significa que tengamos que quedar condicionados por
ella el resto de nuestra vida, ni que, si no experimentamos mucha ansiedad o esa
emoción intensamente, no vayamos a sufrir sus consecuencias en ningún caso.
Como dijimos con anterioridad, son muchos los factores que intervienen en la
extensión de las redes de esta emoción en la vida de una persona; aquí
trataremos algunos aspectos que considero muy significativos. “Beneficios” de la pérdida. Volviendo al papel que para la
supervivencia pudiera tener esta emoción de la pérdida o depresión, en alguna
ocasión podremos ver a algún perro callejero viejo, o fatalmente lisiado, y
observar en su rostro el rostro triste y abatido de la pérdida. Tal vez la
sabia naturaleza obre así con el animal para ahorrarle energías, y optimizar
las que tenga en pro de su curación. Sea como sea, nosotros tendemos a
aprovechar en nuestro supuesto beneficio cualquiera de nuestros estados
emocionales. Cada vez que nosotros tomamos una decisión o llevamos a cabo una
determinación lo hacemos por más de una razón; en el supuesto de que tuviéramos
una única razón convincente para nosotros por la que llevar a cabo una
determinada acción o actitud, otras se le adherirán y darán fortaleza a esa
actitud o modo de ser. Así, en la depresión, aunque en principio a nuestra apática
actitud sólo nos mueva la desilusión o nuestro convencimiento de que nada vale
la pena, que no hay futuro y que cualquier esfuerzo por cambiar a mejor sólo
servirá para sufrir más y empeorar las cosas, se le sumarán otros motivos
que, siendo en origen secundarios, pronto adquirirán tanta o más valía para
sustentar esa actitud que el motivo original. De ese modo, encontraremos muchos
acomodos en esa posición de deprimidos. Desde el especial cuidado de nuestros
seres queridos o de alguna institución o parte de la sociedad, hasta pequeños
o grandes esfuerzos en nuestras tareas cotidianas que serán consentidamente
evitados por nuestra condición de deprimidos. En suma, todas, o gran parte, de
nuestras actividades y pensamientos irán destinadas a posicionar aún más la
depresión en nuestro ser. ¿Cómo podemos superar esa emoción de la pérdida o
depresión y sus consecuencias? Como todos sabemos, en el mercado hay una
gran cantidad de fármacos y psicoterapias destinadas a superar ese problema. En
mi opinión, el adecuado uso de fármacos, prescritos por el médico
especialista a quien corresponda, puede ser muy beneficioso para la persona que
se encuentra gravemente afectada por la depresión. Por
mi parte, puedo mostrarles lo que yo he aprendido gracias a mi propia
experiencia. Nuevamente será observando con atención a
nuestras sensaciones y pensamientos como podremos cambiar nuestro modo de pensar
y de actuar, y, en definitiva, de ser. Si hemos trabajado suficientemente las prácticas
que hemos ido viendo en los capítulos anteriores, nuestra tarea resultará
sencilla. Podremos detectar con facilidad nuestras sensaciones, en concreto la
emoción que nos ocupa, y observar cómo es un pensamiento , tras el cual hay
una poderosa creencia o cognición, el que nos hace experimentar esa emoción.
Ese tipo de pensamiento siempre nos vaticinará que todo está perdido y no
merece la pena continuar esforzándonos. Una vez que hayamos sido capaces de
comprender, gracias a nuestra propia observación, que son nuestros propios
pensamientos los que causan nuestras emociones, tendremos una gran parte de la
batalla ganada. Ahora nos queda otra, un poco complicada y que requiere cierto
esfuerzo; pero muy asequible gracias a la comprensión interior que tenemos,
fruto de nuestra propia observación de sensaciones y pensamientos. Deberemos
cambiar, progresivamente, nuestros pensamientos y actos derivados de la emoción
de la pérdida por otros que nos ayudarán a quedar fuera de su influencia. En principio, la persona influenciada por
esa emoción verá como única realidad la que le dicta dicha emoción, en la
que todo es pesimismo. Yo no pondré en duda ni vacilaré sobre si esa realidad
negativa es la realidad real, o si la realidad real es otra más positiva; sobre
si las cosas son realmente buenas o si, realmente, son malas. Personalmente
considero que las cosas son del color del cristal con que se miran; que bajo la
influencia de la pérdida percibimos la realidad de un modo totalmente diferente
a como la percibimos sin esa influencia. ¿Cuál de las dos es más real? Para mí,
la que vivimos; pero considerando como real, a su vez, que nuestra visión de la
realidad cambia en función de lo que nosotros pensamos y sentimos, y que
nuestros sentimientos y emociones están condicionados por nuestros pensamientos
y creencias (cogniciones). Y a todo esto hay que añadir que una buena atención
nos permite analizar y razonar adecuadamente, y comprender mejor la naturaleza
de las cosas y acontecimientos que nos rodean, con lo que nuestra forma de
pensar es más adecuada a esa comprensión, y nuestros pensamientos y emociones
resultan positivos y carentes de discordias. Así, un modo práctico de aplicar lo que
podemos aprender mediante las técnicas de meditación es permanecer atentos a
nuestras sensaciones, para observar cada ocasión en la que surge nuestra emoción
de la pérdida, y, en ese momento, observar cómo ha sido gracias a un
pensamiento, que ha surgido esa emoción de tristeza y abatimiento. Si seguimos
el hilo del pensamiento podremos comprobar cómo, efectivamente, creemos que
nada vale la pena, que todo está perdido, y que ese pensamiento ha emergido de
esa creencia originando esa emoción. Ante eso, nosotros debemos cuestionar los
fundamentos que vaticinan ese tipo de pensamientos y de creencias, para llegar a
la conclusión de que esos fundamentos son, de que menos, poco apropiados y
razonables; y con una actitud de disposición de cambio de nuestra forma de ser
y de pensar, cambiaremos ese tipo de pensamientos por otros más adecuados,
tanto a nuestros intereses como a nuestra comprensión. Así, mediante la comprensión que nos
brinde la atenta auto-observación, siempre podremos encontrar dos falsedades
con las que debilitar esos fundamentos erróneos en las creencias que originen
nuestros pesimitas pensamientos. Intentaré aclarar esto.
Las personas cuyas vidas están muy condicionadas por la emoción de la pérdida
o depresión, encuentran consecuencias nefastas para ellas ante cualquier
situación o acontecimiento , precisamente debido a su condición. Así, y
puesto que ese estado de pesimismo afecta a la práctica totalidad de su vida
cotidiana, o de que menos a una gran parte de la misma, son numerosas las
ocasiones en las que experimentan esa emoción generada por un pensamiento, y se
sienten y actúan bajo la influencia de la misma, sin tener en cuenta lo
distorsionado que se encuentra ese pensamiento que ha originado dicha emoción
de tristeza y desesperanza, respecto de la realidad que puede ofrecer una visión
más detenida y esmerada. Mediante un análisis y una observación más
adecuada, a cualquier persona afectada le resultará fácil
ver y comprender con cuanta ligereza topa con situaciones en las que
verifica, erróneamente, su incompetencia, culpa, falta de futuro, falta de
aprecio, etc. Por ejemplo, imaginemos una situación que
pudiera ser común a cualquiera. Si alguien afectado por esa emoción se
dirige a comprar pan y en el establecimiento le comunican que se les ha acabado,
pensará, automáticamente, que tiene mala suerte y se sentirá como piensa,
mal, en lugar de ser consciente de su buena suerte de poder comprarlo en otro
establecimiento, o de comer cualquier otra cosa. Pensará, además, que se ha
acabado el pan porque le tocaba a él, en lugar de pensar que ha sido porque
fabricaron menos del que se ha podido vender, o porque en la fábrica han tenido
un imprevisto, o por cualquier otro motivo totalmente ajeno a él. Si,
continuando con el ejemplo, nuestra persona depresiva se dirigiese a casa sin el
pan y en ella le reprocharan no haberlo llevado, tal vez respondiera iracundo y
tal vez no; pero a buen seguro que, poco o mucho, se sentiría culpable,
incompetente, pues pensaría que lo es; en lugar de pensar que quien le reprocha
no comprende que no se trata de que haya un culpable, sino de que no había pan,
sencillamente. Y así, toda una manera de vivir y sentir, en la que abundan los
momentos en que podemos desvirtuar los fundamentos y creencias en que se basan
los torpes pensamientos que, a priori, nos causan esa emoción. Pero, nuestra mente no suele conformarse
con un primer planteamiento o postulado. De hecho, estos pensamientos, que
causan nuestro pesimismo en numerosos momentos cotidianos, son derivados de la
creencia principal de que todo está perdido, que nada vale la pena, que no
podremos sobrevivir, nosotros o nuestras ilusiones. Igualmente, ante esa
falsedad, más sólida como creencia o cognición, y que acompaña y refuerza a
todas las demás que a diario nos surgen, podremos reflexionar acerca de lo que
hemos perdido, sabiendo que, antes o después, todos morimos, vamos de paso, y,
aun así, y por ello, decidiendo vivir cada instante que nos reste lo más plena
y positivamente posible. También podría ser gracias a una desilusión
enorme, o a muchas de ellas, que sintamos esa gran pérdida en cada momento. En
ese caso sólo con ser conscientes de ello y comprenderlo llevaremos media
batalla ganada, y la otra media bastará con renunciar a la ilusión, al deseo
desmedido de un futuro ideal. Aceptaremos el presente con todas sus
consecuencias, pues es lo que tenemos, e intentaremos ver en él cualquier
motivo de alegría buscándolo con decisión, si verdaderamente estamos
dispuestos a cambiar nuestra situación. Así, continuando con el ejemplo anterior
en el que la persona afectada se encuentra con que no hay pan, él (o ella) se
sentirá abatido y triste justo en el momento que piense que tiene mala suerte.
Ante lo cual podrá decirse en ese mismo instante que no se trata de buena o
mala suerte, sino de que se ha acabado el pan; no es algo personal. Sin embargo,
muy posiblemente, una vez que haya superado ese primer fundamento negativo, su
mente buscará otro que le resulte más poderoso y convincente, aunque nada
tenga que ver con la situación actual, tal como el motivo o la creencia
principal, por el que piense que en su vida nada vale la pena. Ante eso debe
utilizar toda su habilidad para observar y recalcarse que, primero, no viene al
caso ahora ese fundamento o creencia, pues está tratando el que le ha originado
malestar en ese momento (que no hubiera pan en la panadería), por lo que no
debe dejarse influenciar por ese otro; y, segundo, en relación con ese otro,
que nada pudimos perder, pues nada era nuestro. Vuelvo a repetir que, a mi juicio, las
cosas son del color del cristal con que se miran, y el color de ese cristal
podemos variarlo si deseamos hacerlo. Muchas de las personas afectadas por esta
emoción se habrán sentido identificadas, en cierto modo, con el ejemplo
anterior. A veces, la comprensión de los conceptos mediante explicaciones
resulta bastante complicada, y ejemplificar ayuda a dicha comprensión y a la
identificación de las situaciones a las que se refieren los conceptos. Por ello
abundaré de ese modo en este delicado tema. Imaginemos que alguien nos mira y, de
repente, experimentamos esa emoción. Cualquier persona podría sentir algún
tipo de emoción al sentirse observada por otra. Unos se sentirían ruborizados,
otros alertados, otros orgullosos, otros elogiados, cortejados, indiferentes....
Las personas afectadas por esa emoción pensarán que quien les observa estará
pensando mal de ellos; y si perciben que están pensando bien de ellos también
se sentirán mal y pensarán que eso es aún peor, pues decidirán que el motivo
por el que quizá piensen bien de ellos es que no les conocen, no saben cual es
su fatal realidad, cargada de incompetencia, etc. En el caso de que no sean
observadas por alguien, como en el ejemplo anterior, también lo considerarán
negativo; pues pensarán que no interesan a nadie dada su condición. Una observación, análisis y actuación
adecuada ante este tipo de pensamientos, que se darán con similares características
aunque las situaciones y objetos que los desencadenen sean distintos, pasa por
cuestionarse la veracidad de esas suposiciones; pues, a buen seguro, siempre
encontrará dos falsedades. La primera en relación con la situación
en si. En el ejemplo anterior, bastará con preguntarse si verdaderamente esa
persona está pensando y sintiendo en relación con nosotros lo que nosotros
creemos, o si sólo es una suposición. En el caso de que esa persona pensara de
nosotros lo que nos tememos, ¿qué sentido tiene desear que no piense así de
nosotros, cuando esa persona tendrá sus propios condicionamientos? Podremos
intentar conocernos a nosotros mismos y actuar del mejor modo posible acorde con
nuestro conocimiento, e influir en los demás; pero nosotros no podemos cambiar
a los demás. Eso, respecto de la primera falsedad, la
que guarda relación con la situación concreta, y respecto de la que se deriva,
la relacionada con lo que verdaderamente creemos que perdemos cuando nos sucede
algo similar, a la cual llegaremos siguiendo el hilo del pensamiento, podremos
preguntarnos... ¿Y qué es lo máximo que puedo perder si, efectivamente, esa
persona piensa como me temo? ¿Ser rechazado por ella? ¿Y qué pierdo por eso?
¿La vida? Tal vez en el fondo de nuestro corazón, o en el origen de nuestro
pensamiento, creamos que no seremos capaces de sobrevivir por el mero hecho de
ser rechazados por cualquier persona, lo cual deberemos razonarlo y cuestionarlo
toda vez que este tipo de pensamientos aparezcan en nuestra mente haciendo
surgir nuestras emociones de tristeza y abatimiento. En última instancia, deberemos
plantearnos el modo en que queremos estar sujetos a la vida y a qué precio;
pues, para vivir con libertad y disfrutando de las emociones que nos proporciona
ésta, deberemos soltar nuestros apegos y dejarlos marchar, aun corriendo el
riesgo de... vivir. Así, será un buen modo de superar la
ansiedad aprender a detectar cada sensación que experimentemos de esa emoción,
o de las que se deriven y relacionen con ella, tal como la culpa, y detectar el
pensamiento que nos la origina, así como la creencia o cognición de que
procede, para cuestionarla y debilitarla. Será primordial, además de esto,
actuar; realizar todo tipo de actividades que puedan componer nuestra vida
cotidiana, e intentar buscar y ser conscientes de la alegría cada vez que la
experimentemos, sin renunciar a ella. Todo lo contrario; buscándola, sin ansia
pero con decisión. Una pregunta que se hacen en numerosas
ocasiones las personas que viven bajo la constante influencia de la pérdida, es
si merece la pena vivir. En muchas ocasiones consideran que es mejor morir, y se
plantean suicidarse, algunas incluso llegan a hacerlo, como todos sabemos.
Otras, si bien no se suicidan de forma inminente, se van sometiendo a una
especie de suicidio más lento, consistente en no cuidarse adecuadamente o en dañarse
a propósito para colaborar en cierta medida con la llegada de su muerte. Toman
alcohol o drogas al tiempo que piensan “De algo hay que morir; cuanto antes,
mejor”. O no toman su medicina o su debida alimentación aún sabiendo el
grave perjuicio que esto supone para ellos. Piensan de un modo similar a los
anteriores. Y también los hay que deciden vivir con resignación el tiempo que
les toque vivir, totalmente desesperanzados de volver a tener alegría y
felicidad. Tanto para unos como para otros, al margen
de que la meditación y la conductas adecuadas puedan ayudarles a cambiar su
situación, en última instancia la decisión, la actitud por cambiar su situación,
debe ser suya. Centrándonos en el momento presente,
nuevamente podremos hallar la respuesta que dé solución a nuestras dudas, a
nuestra pregunta de si merece o no la pena. No debemos buscar una recompensa en
el futuro; debemos actuar en el presente y por el presente. Ante la pregunta de
si merece o no la pena vivir, luchar por cambiar nuestra condición, deberemos
centrarnos en la importancia de vivir adecuadamente nuestra situación actual.
Debemos darle la relevancia que tiene. ¿Qué más da si merece o no la pena, o
si en un futuro hallaremos o no recompensa? Lo importante es ser, ahora, lo que
decidamos ser; y en este caso nada mejor que ser luchadores, que vivir con el
objetivo de actuar, de pelear por desmontar ese entramado de creencias y
pensamientos que nos aplasta y aprisiona. Ser conscientes en cada momento de que
estamos actuando, siendo, para acabar con nuestras ataduras y vivir lo más
libremente posibles, ahora. La conducta Como en el resto de los componentes de
nuestra personalidad, nuestra conducta juega un papel más que importante.
Nuestras cogniciones se forjan con el aprendizaje que surge de la experiencia de
nuestra conducta. Por ello, y dado que en las personas influenciadas por la
emoción de la pérdida la conducta juega un papel importantísimo, pues quedan
neutralizadas en gran medida por esa emoción, deberemos actuar acorde con
nuestros objetivos. Ya de antemano, por el mero hecho de que
nuestro enemigo, la depresión, nos someta también a través de nuestra
conducta, podemos intuir que haciendo la contra a esa orden de inactividad
estaremos luchando contra ella. Cuando nos sintamos deprimidos, abatidos, nos
parecerá que no podemos hacer nada; que no somos capaces de llevar a cabo
ninguna tarea. Nada más lejos de la realidad, Bástese con observarnos para ver
cómo nuestro cuerpo obedece a nuestra voluntad, y realiza tareas si así se lo
pedimos. Así, por mucho que no nos apetezca levantar un brazo, si ejercemos
nuestra voluntad y ordenamos a nuestro brazo que se mueva, podremos observar cómo,
aun sin apetencia, lo hace. Igualmente, aun sin apetencia, nuestros pies se
moverán y nos llevarán a dar un paseo cuando nosotros se lo pidamos. Leer,
hacer las tareas de la casa, charlar, escuchar música o practicar algún
deporte serán quehaceres que podremos realizar si, aun sin apetencia, nos
proponemos hacerlo. De ese modo, para comenzar a trabajar adecuadamente en
contra de nuestra depresión, de nuestra emoción de la pérdida, resultará muy
beneficioso marcarse una disciplina diaria en la que organicemos nuestro tiempo
y lo tengamos ocupado en las distintas tareas que elijamos para la composición
de nuestras actividades cotidianas. Dedicar uno de esos ratos a la práctica de
la meditación, y otro a practicar algún ejercicio físico moderado nos
reportará un gran beneficio. Auto-observarnos atentamente cada vez que
podamos centrar nuestra atención resultará de gran ayuda. Así, podremos observar cómo en algunos
momentos nos sentimos bien con nosotros mismos o con la tarea que hemos llevado
a cabo. Puede que nuestra valoración en términos generales de lo alegre o
triste que resulta nuestra vida dé un balance negativo; pero eso no quiere
decir que todos los momentos que vivimos en el día sean negativos o nos
sintamos tristes. Si observamos adecuadamente podremos ver que hay ratos que nos
gustan más que otros, actividades que nos resultan más agradables.
Intentaremos comprender por qué esas actividades o ratos nos resultan más
agradables; y, sobre todo, procuraremos no renunciar a nuestra alegría. Cuando
aparezca, habrá una especie de voz interior que nos diga... “eh, no te
alegres; recuerda tu condición”. Nosotros seremos conscientes de que,
efectivamente, tenemos muchos momentos de tristeza en el día; pero...¿Y qué?
Eso no debe impedir que disfrutemos de todo aquel momento en que nos sintamos
mejor, bien, a gusto. Nos esforzaremos por seguir disfrutando, ahora
conscientemente, del momento que estamos viviendo. Debemos dejar a un lado todo
sentimiento de culpa, gran censura de nuestra alegría, y aprovechar para
disfrutar de la vida y amarla en todo momento que nos dé ocasión; ello sumará
momentos de alegría que debilitarán nuestra tristeza; nos generará buen
karma. Respecto de nuestros sentimientos de culpa,
podemos preguntarnos.... “¿De qué soy culpable?” “¿De haber nacido
mortal, o ignorante?” “¿Cuál es mi culpa?” “¿No haber aprendido
antes?” Y respondernos: “No son motivos para ser culpable de nada; aprendo,
rectifico y hago lo que buenamente puedo; no tengo por qué considerarme
culpable de nada”. Responsabilidades, sentido del deber, cargo
de conciencia, sentimiento de culpa..., nos harán creer que no debemos
relajarnos y disfrutar cuando nos sea posible; y, nada más lejos de todo eso.
Debemos aprovechar para disfrutar de todo momento que nos sea posible hacerlo;
será el mejor modo de encontrar armonía en nuestra vida y compartirla así con
nuestros seres queridos o con nuestro entorno; será el mejor modo de ser
agradecidos con la vida. Pequeños momentos, un baño de agua
caliente, oír una bonita canción, recrearnos en nuestros pensamientos..., son
los que componen una vida. Deberemos aprender a disfrutar de esos pequeños
momentos que nos brinda, y hacer honor a esa alegría que nos fue dada.
Renunciar a vicios y malsanas formas de vida, pues no son necesarios para vivir
y, ni mucho menos, para ser felices; lejos de ello, sólo servirán de caldo de
cultivo de nuestra pena y sufrimiento, por intentar ocultarlo tras esas malsanas
formas. En resumen, renunciar a la ilusión y centrarse en el presente, saboreando de él cada instante que nos brinde, incluyendo nuestra condición de personas afectadas por el sufrimiento; pero en constante movimiento y lucha por el cambio, disfrutando la belleza cada vez que se presenta. Aprovechando nuestra capacidad de adaptación y cambio que nos permite nuestra naturaleza de la mano de la atención y la comprensión..." (Extraído
del libro "Meditación práctica, aquí y ahora") Puede descargarse el contenido de los libros "Del Pánico a la alegría" y "Meditación práctica, aquí y ahora", totalmente gratis pinchando sobre su fotografía.
"Meditación práctica, aquí y ahora" es un tratado de meditación que incluye aplicaciones prácticas y consejos contra la ansiedad el tabaquismo, la depresión, la fobia social, las obsesiones y la agorafobia."Del pánico a la alegría" es el relato personal de un recorrido a través de la emociones.Comentarios sobre el Libro "Del pánico a la alegría"A algunas personas la lectura de este libro, en el que se narra con todo detalle las sensaciones, pensamientos, y síntomas en general de alguien que sufrió trastorno de pánico y agorafobia, les resulta desagradable su lectura, pues despierta en ellos sus propios miedos, dificultándoles en muchos casos la comprensión del contenido de este libro sin que se puedan aprovechar de sus beneficios. Por ese motivo incluyo en este apartado comentarios sobre los distintos capítulos, con los que intento informar al lector para un mayor aprovechamiento de su lectura. En el primer capítulo "Seis años de agorafobia", se narra cómo comienza este trastorno en una persona cualquiera; describiendo, con todo lujo de detalles, qué se siente durante una crisis de pánico. Esto puede parecer poco trascendente para personas qué saben bien qué les ocurre, cual es el nombre que reciben sus síntomas, etc. Sin embargo, estas cuestiones resultan de suma importancia para las personas que sufren este terrible mal sin ni tan siquiera saber cual es nombre, para poder buscar información, dirigirse a los especialistas adecuados, etc., y tener de ese modo más al alcance una posible solución. Se mire por donde se mire, siempre es mejor saber qué es lo que se tiene y poder hacer algo al respecto, que permanecer inmerso en el pánico y la agorafobia, o en las obsesiones y la depresión, sin tan siquiera saber qué es, de qué conocimientos y avances dispone nuestra sociedad al respecto, cómo podemos solucionarlo, etc. Hasta hace poco más de una década no había un nombre ni un diagnóstico adecuado para este mal, con lo que difícilmente podía haber soluciones. Bien, pues, hoy por hoy, aún son muchísimas las personas que sufren este mal, años y años, sin tan siquiera poder llamarlo por su nombre, debido al desconocimiento que, en general, existe sobre este tema. Por todo ello es que se describen los síntomas, en este caso los que fueron los míos, de un agorafóbico tan detalladamente, aun a pesar de que a muchos con este mal les cause malestar su lectura. En este primer capítulo, la narración continúa mostrando, detalladamente, los procesos y cambios que puede experimentar una persona cualquiera tras sufrir una crisis de pánico, como es: cómo comienza a limitar su vida condicionado por el terror que ha experimentado, o el peregrinaje que comúnmente inician las personas que ha sufrido ese sock y sus consecuencias, visitando médicos y más médicos en busca una posible solución a su problema, y que, en muchos casos, como fue el mío, sufren los abusos del desmedido ansia de dinero y reconocimiento de muchos de estos profesionales. Así, por ejemplo, se narra cómo mis síntomas fueron tratados durante años por médicos otorrinolaringólogos (a muchos otros agorafóbicos los tratan indebidamente otro tipo de especialistas sin importarles demasiado el hecho de que no son ellos los más adecuados para tratar ese mal, yo muestro mi experiencia como referente), en lugar de psicólogos o psiquiatras como correspondía, pagando por ello importantes sumas de dinero, y sometiéndome a tratamientos que, lejos de ayudarme a solucionar mi problema, contribuyeron a empeorarlo, llegando incluso a someterme a una intervención quirúrgica totalmente innecesaria e irrelevante en el tratamiento de este mal. Pero con ello no pretendo mostrar que fui una víctima de la sociedad, ni mucho menos, de hecho pienso que la sociedad es víctima de su propia ignorancia. Con ello quisiera abrir los ojos a otras personas que se encuentren en los comienzos de su agorafobia, fase en la que la información juega un papel importantísimo, pues mediante ella se podrían solucionar y prevenir la mayoría de los casos, intentando con ello colaborar para que no cometan los mismos errores y caigan en las mismas trampas que tantos otros hemos caido. Centro todo ese primer capítulo en una detallada descripción del sufrimiento de un agorafóbico, también como denuncia, con la esperanza de que tal vez así pueda mostrar un poco más al público, no sólo con agorafobia, sino al público en general, la realidad de quien sufre este mal. Tanto para hacer ver el alcance del sufrimiento y limitaciones que conlleva como para denunciar la caótica situación sanitaria en que se encuentran quienes lo sufren, con un panorama en el que el desconocimiento y el desinterés son los protagonistas. Cómo me gustaría hacer llegar este mi libro, que tanta angustia ha causado su lectura a algunas personas sensibles, al ministerio de sanidad, y que allí causase al menos la mitad de impresión que a estas personas, quizá así se pondrían manos a la obra y formarían adecuadamente a personal y centros sanitarios para tratar este trastorno con la importancia que merece, y no como si no fuese nada, por tratarse de ansiedad. Como libro de autoayuda propiamente dicho, ya en este primer capítulo, aparte de este intento de reconocimiento general e identificación del trastorno por parte de cualquier lector con la valiosa ayuda que personalmente creo que puede aportar, se muestra claramente cómo atajar una de las principales barreras de muchos agorafóbicos: El ruido. Casi todos los que han experimentado crisis de pánico de forma recurrente o, aun sin ser de forma recurrente, a quienes sus crisis de pánico han cambiado sus vidas, han experimentado entre sus síntomas una especie de ruido o zumbido en sus oídos que les resultan aterradores, evitando por ello en numerosas ocasiones todo tipo de actos y situaciones en las que el ruido, a un volumen normal para cualquier otra persona, para ellos supone una barrera infranqueable. Hay que tener en cuenta que un tanto por ciento muy considerable de personas con agorafobia tienen como principal dificultad el temor al ruido y a los "mareos" que junto a él aparecen en muchos casos, tema que también se trata en este capítulo, así como parte de su solución (ejercicios de reeducación vestibular consistentes en movimientos que producen mareo, como girar, moverse rápidamente hacia un lado y hacia otro, etc.) Han de saber todos, que por ese temor al ruido, además de por la incomodidad de los acúfenos que se le suelen formar a quienes presentan estos síntomas, se han creado multitud de centros, terapias, y aparatos para vender a quienes sufren esos síntomas, para, supuestamente, solucionar ese problema. Normalmente, esto lo llevan a cabo médicos de otras especialidades que nada tienen que ver con la psicología o psquiatría, que es a quienes corresponde tratarlo, cobrando considerables sumas tanto por los tratamientos como por los aparatos. En este primer capítulo se describe claramente cómo eliminar los acúfenos y el temor al ruido sin que cueste ni un euro, explicando en qué consiste un acúfeno, qué es el ruido blanco, y cómo pueden emplearlo gratis para su curación. Pero además de mostrar todo esto, ya en este primer capítulo se indica que la enfermedad, o mejor dicho, el trastorno, con las depresiones y obsesiones que de que suele ir acompañado, tiene solución, como fue en mi caso y cuyo seguimiento continúo en los demás capítulos. "Meditación práctica, aquí y ahora"
En términos generales, comprensión denota entendimiento, en muchas
ocasiones como consecuencia casi exclusiva del razonamiento. Del mismo modo,
meditación significa, entre otras, reflexión, razonamiento. Sin embargo, ambos
términos tienen, además, un significado mucho más amplio gracias a la
experiencia del ser. Cuando tenemos una vivencia cualquiera la experimentamos, y
de la correcta observación de lo que acontece en esa experiencia surge en
nosotros la comprensión. A esa correcta observación que da como resultado la
comprensión de la experiencia podemos denominarla meditación en el sentido de
su práctica. Esta comprensión, que es mucho más profunda que la surgida del
razonamiento, resulta a la medida de nuestra capacidad de entendimiento y
concordia interior, lo que nos calma y serena, disponiéndonos a su vez para
realizar nuestra capacidad de júbilo. No está, en absoluto, reñida con la razón,
la lógica y el entendimiento; lejos de ello se sirve de estos para ser mayor.
Sin embargo, va mucho más allá haciéndonos comprender lo subjetivo de forma
empírica, aunque con nosotros mismos como laboratorio de ensayos. La herencia
generacional, los aprendizajes y circunstancias socio-culturales y la voluntad
de cada cual juegan papeles muy importantes para definir y diferenciar a cada
individuo; sin embargo, el paradigma de la mente humana es común,
fundamentalmente, a las personas en general. Por ello, el propio conocimiento
interior brinda a su vez el conocimiento de los fundamentos de la psique en
general; las mismas reglas se cumplen en los seres humanos comúnmente a este
respecto, resultando condicionados por ansiedades y deseos. Por lo que, salvando
algunas diferencias individuales como pueden ser el estado emocional de la
persona, la capacidad de aprendizaje y aplicación práctica, y otras referentes
a la salud mental y física de cada quien, las personas en general pueden
servirse de similares directrices y patrones de aprendizaje para desarrollar
tanto su capacidad de comprensión como sus habilidades para esto, y disfrutar
así de los beneficios que en forma de bienestar emocional pueden obtener de
ello, y por ende del bienestar físico que les puede aportar, pues, como
sabemos, la salud mental y la mejora emocional son sumamente beneficiosas para
la salud física en general. También gozarán de los beneficios sociales y
ambientales que comporta ese bienestar emocional, pues cuando nuestro ánimo es
óptimo, nuestra conducta adecuada y nuestra comprensión correcta, nuestra
relación con las personas, seres vivos y naturaleza en general resulta mucho más
armoniosa y bella.
Muchos son los hombres que a lo largo y ancho de la historia han buscado
la paz interior de la mano del conocimiento y la comprensión, pues el
sufrimiento y el deseo de erradicarlo puede que sea tan antiguo como la propia
humanidad. Grandes maestros han servido de guía a través de los siglos a
innumerables personas en su recorrido interior y por la vida en general; gracias
a ellos, y al legado de sus discípulos, seguidores y estudiosos en general,
muchas personas, por no hablar de la humanidad en general, han podido orientarse
entre la confusión que la vida, la experiencia en general, comporta.
“Meditación práctica, aquí y ahora” es, en cierta medida, la
continuación del libro “Del pánico a la alegría”, en el que se narra mi
experiencia personal con distintos trastornos emocionales y con la superación
de los mismos, especialmente con el denominado trastorno de pánico con
agorafobia, y también con las obsesiones y la depresión. En él se muestran,
de forma empírica, resultados y formas de las terapias que actualmente se
desvelan en occidente como las más adecuadas para superar los trastornos de
ansiedad en general, en especial la denominada terapia cognitivo-conductual, así
como una buena muestra de los grandes aspectos que tienen en común con las
milenarias tradiciones budistas en general, las cuales, si bien resultan más
completas y elaboradas para la erradicación del sufrimiento emocional, como
para la salud mental en general, no distan en exceso de la aplicación en el
individuo con la misma finalidad de las terapias mencionadas, tal como muestra
mi experiencia. Si bien hay grandes e importantes diferencias por salvar, todo
parece apuntar hacia un consenso en el que ciencia y tradición coincidan en los
mismos principios, medios y objetivos en este área, ya marcados hace unos dos
mil quinientos años por la segunda, lo que no exime que el método y
reconocimiento de que goza la ciencia puedan resultar sumamente beneficiosos
para el saber humano y para la divulgación y prácticas entre las gentes de
dichos conocimientos, lo que tendría una basta repercusión.
Sirviéndome de algunos manuales, así como de los consejos de algunos
profesionales sanitarios, desarrollé ciertas habilidades que, junto con otros
aprendizajes que hube obtenido de la vida y la experiencia en general, como son
la renuncia a distintas formas de ego, a tenencias insustanciales e
insatisfactorias, y a la búsqueda de la felicidad en la sencillez, me sirvieron
no sólo para erradicar el sufrimiento emocional que mis trastornos o las
ansiedades cotidianas me creaban, sino para disfrutar, además, plena y
felizmente de la vida en general.
En este libro trato de enseñar las técnicas que desarrollé, así como
distintas aplicaciones para superar algunos de los numerosos trastornos y hábitos
nocivos que azotan a la sociedad actual (si bien, no creo que difieran mucho de
los de otras sociedades más antiguas). También se tratan en él técnicas y
aspectos de meditación más avanzados, pues dado que el camino de la superación
del sufrimiento es largo, se distinguen en él dilatadas etapas. Este libro
trata de ofrecer una visión de esas etapas, partiendo de estados emocionales en
los que la ansiedad y el temor recurrente gobiernan la existencia del individuo,
y avanzando hacia estados en los que la ansiedad y el deseo en general dejan de
existir como tales y la felicidad es duradera.
Dichas técnicas son el resultado de lo que aprendí practicando la
exposición y el cambio de pensamientos para la superación de los miedos en
general, orientado principalmente por la psicología cognitivo-conductual, el
psicoanálisis y la ciencia en relación a la evolución. No puedo decir que
pertenezcan a ninguna tradición o linaje, pues para cuando hube sabido del
budismo sabía bien lo que era el dharma, aunque no su nombre, gracias a mi
experiencia. Sin embargo, en honor a la verdad, tampoco puedo decir que no
fuera, en parte, gracias a él que las aprendí, pues cualquier técnica de
relajación, visualización, etc. que se aprenda en occidente, por elemental que
sea, muy probablemente resulte en origen de oriente, y también me serví de
este tipo de técnicas; además de haber buscado activamente el aprendizaje de
la mano de esa cultura mediante lecturas que ilustrasen sobre ello, una vez que
comprendí las limitaciones de la psicología occidental respecto del
conocimiento interior.
Las técnicas de meditación adecuadas y bien practicadas, nos permiten
desarrollar una capacidad de atención y observación de cuantos fenómenos
perceptibles por nuestra atención acontecen en nuestra mente. Ello nos conduce
al reconocimiento y comprensión de esos fenómenos, lo cual, como dije
anteriormente, nos crea concordia y elimina la discordia en nosotros mismos,
capacitándonos paran realizar nuestro extraordinario potencial de felicidad.
Las técnicas que en este libro se proponen, diseñadas en base a mi
propia experiencia e influidas por la ciencia y la psicología occidental, así
como por la oriental, toman como punto de partida las sensaciones; ellas siempre
nos mostrarán cómo sentimos las cosas, las vivencias en general. Así pues,
toda sensación que podamos percibir la experimentaremos con agrado o desagrado,
según nuestro juicio. Por ello, junto a la sensación que experimentemos, en
nuestra mente podremos observar uno o más pensamientos relacionados con esa
sensación que nos desvelarán lo que creemos acerca de ella. Esos pensamientos
tendrán, a su vez, el poder de producir esas u otras sensaciones y emociones.
Es decir, si experimentamos calor y creemos que es muy nocivo para nuestra
salud, el calor nos resultará más notable y desagradable, a la vez que
experimentaremos otras sensaciones relacionadas con la ansiedad debido a lo que
creemos en relación con el calor que estamos experimentando; si, por el
contrario, creemos que resulta beneficioso para nosotros ese calor, lo
experimentaremos de un modo agradable y reconfortante. Así,
aprendiendo a observar nuestras sensaciones, podremos aprender a observar
nuestros pensamientos, en especial los relacionados con nuestro ego, y a
cambiarlos por otros que, fruto de nuestra razón y comprensión, nos liberen
del sufrimiento que nos proporcionan los pensamientos torpes y negativos; a la
par que aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos y a modificar nuestras
conductas cuando resulten inadecuadas para los fines de concordia y liberación,
interior y ambiental, que perseguimos. Espero que su visita por las distintas páginas que componen esta web le resulte agradable
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